Cada visita al Volcán Irazú es maravillosa y diferente. Esta vez predominó en mí la percepción y el sentipensamiento del silencio.
El sol brillaba en un cielo cian durante el ascenso por las faldas del coloso, entre plantíos de cebolla y papa y algunas fincas lecheras. Cerca de las cumbres, el cielo estaba más nublado. Me pregunté si un banco de neblina impediría la vista nítida del cráter activo. Sin embargo, al llegar al sector del cráter (3.310 m.s.n.m.) descubrí que estaba despejado.

No había estratos. Las nubes eran altocúmulos que flotaban a más de 4.000 m.s.n.m. y, en el horizonte, cúmulonimbos que se elevaban hasta esconder las cumbres del Volcán Turrialba al este y las estribaciones de la cordillera y llanuras al norte. Recordé una vez en que desde estas cumbres pudimos ver la cima del Volcán Turrialba. Esta vez, los altocúmulos eran sombríos, pero los cúmulonimbos resplandecían al reflejar el brillo del sol.

Aprecié el entorno. Tanto el cráter inactivo Diego de la Haya y el cráter activo, así como la gran planicie arenosa llamada Playa Hermosa, se veían con nitidez. Predominaban los tonos grises de la arena volcánica y los ocres y amarillos de las capas de minerales en las paredes del cráter. La laguna del cráter principal estaba seca, a pesar de ser estación lluviosa, supongo que como consecuencia del evento climático El Niño.

En el sector sur de la planicie crecía la austera vegetación de altura del volcán, protegida por la pared de roca maciza de la cumbre.

No soplaba el viento. Nunca había estado en el Irazú sin que Eolo liberara su fuerza. El silencio me sobrecogió. Fue la vivencia más notoria durante la caminata. Casi no había gente. Con el sol en el cénit, las aves estaban refugiadas entre los arbustos dispersos que rodean al cráter o entre los árboles pequeños y los densos arbustos protegidos por la pared de roca de la cumbre. Observé el paisaje, sentí la pureza del aire, respiré profundamente para llenar mis pulmones y oxigenar el organismo. Mas prevaleció la sensación de silencio.
Ésta se inició al percibir la quietud del entorno. No se escuchaba ni un avión, ni un carro, ni una voz; tampoco un trino de carinegro solitario o de mirlo negro, un aleteo de colibrí o un leve rumor de hojas en el viento. Solo se sentía el silencio.
Poco a poco la sensación creció hasta convertirse en deseo de silenciarme a mí mismo. Al inicio, había prestado atención al sonido de la arena bajo mis pasos. El roce de las suelas de mis zapatos con los granos de arena hacia un sonido peculiar.

Mientras palpaba una hoja áspera de sombrilla de pobre (Gunnera insignis), quise acariciarla con la yema de los dedos. Este roce producía un sonido “seco” diferente de cualquier otro que hubiera escuchado antes.
Sin embargo, quise también acallarme. Ya estaba callado, sin hablar. Quiero decir que quise acallar el pensamiento y dejar que las sensaciones, las emociones y los sentimientos primaran en mí.
El principal momento de paz y bienestar lo viví cuando me interné en una pequeña arboleda y me quedé quieto en la sombra, sintiendo el frescor húmedo y la soledad.

Sentí una pacífica aceptación y una placentera gratitud. La última vez que vine al Irazú, lo hice para honrar en las alturas la memoria de mi papá, R.C.M., quien acababa de fallecer. Esta vez pensé en él, con más saudades que dolor. Y conforme dejé de pensar y me entregué al silencio interior y exterior, se manifestaron la aceptación de su ausencia física, la gratitud por su presencia en mi mente-corazón y la calma de sentir, en el silencio, su legado intelectual y espiritual en mí.
