Sueños de Aurora en Arraial do Cabo

Ya van casi tres días de temporal. Arraial do Cabo se engarza en una península que se adentra en el Atlántico, de noroeste a sureste, desde Cabo Frio, en la costa de Rio de Janeiro. Como el viento oceánico la azota constantemente, casi no llueve en la península y el clima es semiárido.

Abundan dos especies de cactus y varias de arbustos chatos de hojas pequeñas y gruesas, algunos de frutos rojos, que se arraigan fuertemente en los terrenos pedregosos. Así se protejen de los embates del viento.

El paisaje natural hace pensar en el bioma de la caatinga brasileña más que en el de la mata atlântica o selva tropical.

Sin embargo, el viernes llegó un gran frente lluvioso desde el suroeste que ha traido bancos de neblina océanica y, con ésta, garúa y llovizna, o mantos de estratocúmulos cargados de lluvia.

Paisaje del Pontal do Atalaia bajo el cielo de temporal

Ha sido un tiempo apto para observar patrones climáticos que no me son familiares. Cuanto el viento océanico arrecia, dispersa la niebla que cubre las cimas de los cerros peninsulares y las pequeñas bahías. El ventolero también levanta las nubes a mayor altura. Entonces cesan la llovizna y los aguaceros. Cuando el viento ceja, regresa la neblina con su garúa o se precipita la llovizna de los estratocúmulos.

El temporal ha favorecido un sueño profundo y apacible. Por momentos me arrulla el rumor del viento al estremecer las ramas y hojas de los arbustos y las palmeras enanas en las laderas del cerro del Pontal do Atalaia. Si llueve, se escucha el golpeteo rítmico de las gotas en las terrazas rocosas y el terreno pedregoso.

Quizá esto propició que hoy, al alba, yo soñara con Ἠώς, la divina Eos o Aurora. Era una mujer de cabello rizado o colocho y piel dorada, ataviada con un vestido negro de encaje traslúcido. La vi en mi estado de duermevela y me desperté. Me levanté a ver el horizonte oriental. No llovía y Alba iluminaba la bahía de la Praia dos Anjos, pero Aurora se ocultaba detrás del espeso manto gris oscuro de nubes y bruma.

La divina Eos en su carruaje
(pieza arqueológica de la colección del Museo Metropolitano de Nueva York)

Regresé a la cama. En el entresueño, antes de volver a dormirme, visualicé en mi memoria a la divina Eos cuando sí se me apareció, hace pocos días, mostrándome sus resplandores de durazno y papaya sobre la bahía de Praia dos Anjos.

Con esa imagen, volví a caer en la placidez del sueño. Poco después escuché de nuevo, en la lejanía de la lucidez, la voz de Baran, la lluvia que regresaba a arrullarme.

Detalle: Eos en su carruaje

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