Merton: El camino interior

Hay caminatas que son interiores, hacia la intimidad de nuestro ser, vivir y sentipensar. El Diario de un ermitaño de Thomas Merton es un registro de una caminata de esa naturaleza; una incursión intelectual, afectiva y espiritual que, para este monje trapista del siglo XX, es también una caminata hacia Dios. Leer esas memorias, ese testimonio íntimo, puede nutrir nuestro esfuerzo por recorrer nuestro propio camino interior — un camino que por trechos puede ser pedregoso, empinado, oscuro, arenoso o estrecho, bordeado por acantilados.

El 23 de enero de 1964, Merton ya se había retirado a vivir al estilo de un eremita, como había deseado por bastante tiempo, y escribió sobre la dificultad del camino, pero también sobre el destino realista del mismo. Sobre las dificultades, anotó:

El retiro [eremítico] (en marcha ahora) plantea de nuevo el problema de mis resentimientos, mis frustraciones, mi sensación de ser injustamente tratado, de hecho engañado, hasta cierto punto explotado … Pero, si procuro tratar a los otros como culpables o ver en ellos indicaciones de perversidad y fracaso de las que sólo pueden ser inconscientes, eso no le hace bien a nadie. No tengo necesidad de juzgar, ni capacidad de hacerlo.

Señala dos grandes dificultades del camino interior, magnificadas por el retiro espiritual en relativa soledad e introspección. Primero, el camino nos lleva a enfrentarnos con nuestros disgustos, heridas, odios y vengatividad moral y afectiva. Segundo, nos tiende una trampa para que entremos en un drama interior de culpar a los demás, creando en nuestras mentes un triángulo dramático en el que somos jueces (y verdugos), víctimas o salvadores (“perdonadores”) de los demás, de los que “nos ofenden”.

Merton señala otra forma de recorrer el camino, aunque irónicamente es una forma de hacerlo sin mapas para guiarnos ni mojones para señalar cuánto hemos recorrido o a qué distancia estamos del destino. Recuerda en esto al verso de Antonio Machado, “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Por su cualidad interior, el camino es además individual, con gran matiz de singularidad. Escribe:

Lo que importa es la lucha para efectuar el ajuste adecuado en mi propia vida, y esto me turba porque no existe para mí una pauta para seguir … [E]s el asunto de decidir qué perspectiva limitada y concreta tomar para cumplir mi genuino deber con Dios y mi comunidad, y ser así el monje que se supone que debo ser.

En el caso de este monje de Kentucky, la cuestión de emprender el camino lo lleva a preguntarse por su deber moral, su responsabilidad vital, con su dios (con Dios tal cual él lo percibe y concibe) y su comunidad cristiana, especialmente su comunidad monástica. He allí la singularidad de su reflexión. Sin embargo, su universalidad consiste en lo que ésta tiene de general, en la forma en que puede traducirse esa reflexión al caso de cada uno de nosotros; por ejemplo, en mi caso, al de un profesor de filosofía en una universidad pública, o al de un ciudadano comprometido con su polis que tiene, a su vez, un sino peripatético que le lleva a relacionarse con personas y territorios en varias comunidades, en una vida transnacional.

En este sentido vago y general, los diarios de Merton no sólo pueden nutrir nuestro coraje para recorrer el camino sino que pueden sugerir algunos fines, destinos, propósitos o telos del mismo; es decir, darnos un “Norte”, o mejor, un “Sur” que nos guíe de forma muy general:

No necesito sólo procurar la verdad, como en mi situación soy convocado a hacer [es decir, a actuar].

Esto es crucial. El camino interior es un camino que procura la verdad, inclusive la verdad sobre nosotros mismos, para conducir nuestra forma de vivir, de actuar, de recorrer el camino exterior, interpersonal, social y político. La incursión espiritual hacia la verdad debe nutrir una excursión ética y moral hacia la justicia.

En mi caso, desde hace ya bastantes años esta incursión ha sido un camino jungiano, un esfuerzo gradual y falible por iluminar mi propia sombra inconsciente y, reconociéndola, integrarla a mi vida consciente; y así, además desenmascarar capa por capa al ego para liberar al self. Es lo que Carl Jung llama el proceso de individuación. Esto me permite, en los mejores casos, vivir de forma más genuina, cuidadosa y justa. En el caso de Merton, el camino es cristiano, un camino hacia Dios tal cual él lo entiende. No quiero decir que el camino jungiano y el cristiano se excluyan mutuamente, sólo apunto una diferencia de perspectiva y enfoque, quizá en momentos diferentes de vidas diferentes. Por esto, Merton continúa:

Si yo fuese más un hombre de amor y de espíritu, más un hombre de Dios, no tendría problemas. Así que mi tarea es avanzar con la dificultad de quien carece de amor y, no obstante, lo busca, dándome cuenta de que no se supone que resolveré mis problemas por mí mismo. Ni se supone que sea un hombre de Dios en el sentido de “no tener problema alguno”.

He aquí otra observación sagaz de Merton que resulta de interés general para cualquiera de nosotros que intente recorrer un camino interior: el destino no es una vida sin problemas, sin desafíos, sin dificultades afectivas, morales, espirituales, mucho menos físicas o materiales.

Una de las fuentes de la batalla fútil en la vida espiritual es la presunción de que uno tiene que volverse una persona sin problemas, lo cual, por supuesto, es imposible. Y, si un hombre lucha para no tener problemas en su vida, está pegando su cabeza contra un muro con ladrillos.

Merton concluye así su reflexión de aquel día de invierno en Kentucky, hace 62 años. No aborda la siguiente cuestión: si recorrer el camino interior, lo que él llama la vida espiritual, no nos lleva a una existencia sin problemas, ¿hacia qué nos lleva y cómo?

Deja implícito, por el contexto, que para él nos lleva a una vida donde no nos enredamos en marañas de problemas fútiles, sino que sólo acometemos los significativos, y en la que el amor agápico guía el camino y alivia sus dificultades.

En mi caso, Henry David Thoreau, en Walden, me ayuda a vislumbrar una vida en la que aprendemos a simplificar tareas y minimizar afanes para enfocarnos en lo que es real y verdaderamente vital, mientras que Khalil Gibrán, en El profeta, me ayuda a entender que la paz no consiste en no tener problemas, sino en la ecuanimidad de sentipensar que podemos resolverlos.

¿Y ustedes, fortuitos lectores de esta reflexión mertoniana, qué piensan?

Corazón de Jesús
(Creo que a Merton le gustaría esta planta del jardín)

[Foto de portada: Florecilla silvestre en entelequia].

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