Es simple y difícil: en este nuevo ciclo neoyorquino, quiero estar bien conmigo mismo, con mi cuerpomente-corazón, mis sentipensamientos y mis cinco sentidos.
Llegué de regreso a Nueva York en noche de luna nueva, llamada new blue moon o luna nueva azul, apta para renovar ciclos. Demoré casi tres horas en llegar a mi cuevita brooklynense, por tren y metro, desde el aeropuerto de Newark. Aún así, justo antes de la medianoche pude ir a hacer compras de fruta y verduras al nuevo mercado coreano de mi barrio, Windsor Terrace. Hacía calor y el firmamento estaba nublado.
Así continuó el tiempo todo el día siguiente. Se sentía la densa humedad atlántica. Al final de la tarde, cuando salí a caminar alrededor de Prospect Lake, había una sensación de bochorno. De todos modos disfruté al ambular con calma, escuchando y observando aves y sintiendo el alivio de la leve brisa.

Reflexionaba sobre mi renovada lectura del libro de filosofía vital budista, The Art of Solitude, de Stephen Batchelor. En síntesis, lo que él llama “el arte de la soledad” es la práctica de estar siempre atento a la propia vivencia, a los propios sentipensamientos y percepciones, y gestionarlos conscientemente, procurando la maestría o el dominio propio, esté uno solo o acompañado. Es procurar estar presente en la vivencia del momento, siendo fiel a uno mismo y benigno con los demás. Es simple y dificilísimo. Todo el mundo lo predica, pero casi nadie lo practica, no por falta de voluntad, sino por falta de orientación idónea y de perseverancia en cultivar el arte.
En este momento de mi vida–después de mi reciente residencia en La Libélula en Tárcoles, del arraigarme y sanar en esa tierra sagrada para mí y en las aguas del Pacífico cercano–me siento un poquito más capaz de practicar el arte de la soledad.

Así lo sentipensé cuando llegué a un recoveco de la península donde dos árboles se inclinan, desde la orilla, hacia el agua, y forman un portal natural. Me detuve ante él y me sentí en un umbral; a las puertas vitales y sentimentales de poder practicar ese arte. Más allá del umbral, hay un cielo espléndido, aguas refrescantes y un campo de flores acuáticas, ninfas amarillas y alegres.
No se trata, claro, de alcanzar una paz perpetua y en aislamiento. No es un arte para eremitas. Se trata de saber recuperar la paz y la ecuanimidad, cuando el placer o el dolor de vivir se desbordan y uno pierde el equilibrio. Se trata de navegar con confianza en el vaivén de las aguas vitales.

Tras el momento de lucidez, salí del parque, subí la colina empinada y llegué sudando a casa. Me duché, tomé una pilsen Coney Island mientras cocinaba, cené y continué mi lectura de la Odisea. La sensación de bochorno en el ambiente continuaba.
En parte por el desfase de huso horario y en parte por el proceso de adaptarme a este espacio y a mi cama, mi sueño fue entrecortado. Sentía calor y daba muchas vueltas. Finalmente caí dormido, pero sin profundidad. Mi mente, entre sueños, oscilaba entre deseos eróticos, fantásticas odiseas y pensamientos agápicos.
A las cuatro de la madrugada se desató la tormenta. El sonido de la lluvia sobre el asfalto me empezó a convocar y los destellos blancos del relampagueo, seguidos de truenos, me terminaron de despertar. El corazón de la tormenta llegó al cementerio Green-Wood, en lo alto de la colina, cerca de casa, y un relámpago potente y su violento trueno hicieron retumbar a todo el barrio.
Decidí levantarme. Primero me senté en el sofá a sentir la tormenta, percibir sus sonidos, su centelleo y la sensación táctil de frescor y alivio en el aire. Después sentí que quería meditar. Cuando he podido estar en retiros de meditación vipassana, la hora de meditación de madrugada, antes del amanecer, siempre ha sido la mejor.
Levanté las persianas y desenrollé la estera frente a la ventana. Aún estaba oscuro y la tormenta comenzaba a amainar. Me senté en posición seiza japonesa, cerré los ojos y empecé. Esta vez, logré concentrarme. Cuando abrí los ojos, una hora después, empezaba a clarear.
Y me sentía bien. Una tormenta me había impulsado al vipassana y a cerrar con metta bhavana, la meditación del amor benevolente. Creo que de eso se trata el arte de la soledad. Espero poder cruzar el umbral, en este año de jubileo, y mantenerme del otro lado.
