Garza, gavilán, soledad

Hay días en que puedo practicar el arte de la soledad–el arte de estar en paz y contento conmigo mismo, sea solo o acompañado–con cierta naturalidad y sutileza. Hay otros en que me cuesta más, días en los que la soledad de mi piel adquiere un aroma silvestre de fauno y del fondo de la mirada brota melancolía.

Hace pocos días caminé por Playa Herradura, hacia el sur. Pasé bordeando las rocas de la punta hasta llegar a la playita solitaria cercana a Isla Palma. Iba en busca del lugar donde pescan los pelícanos pardos (Pelecanus occidentalis) y un arroyo del bosque desemboca en la playa. Pero antes de llegar me encontré de frente con una garza blanca (Ardea alba) posada en un almendro (Terminalia catappa). La garza permaneció impasible y quieta ante mi presencia respetuosa. Observaba con sigilo la orilla del mar. Me quedé frente a ella, a unos veinte metros, contemplándola en silencio y quietud. Sin procurarlo, me sentí en paz y tan tranquilo como ella.

Garza blanca, playa solitaria

Otro día, al recorrer los senderos del Parque Nacional Carara, me encontré con lapas rojas (Ara macao) en el dosel del bosque y con una bandada de batarás negruzcos (Thamnophilus bridgesi) en el sotobosque. Éstos parecían un firmamento salpicado de estrellas en el medio del bosque tropical.

Pero el encuentro más significativo para mí fue con un gavilán pollero (Rupornis magnirostris) en la ribera de Quebrada Bonita. Mientras observaba una familia de monos cariblancos (Cebus capucinos) saltar de un lado de la quebrada al otro, por las ramas de los árboles, atisbé una gran sombra sigilosa en un árbol cerca del puente. Me acerqué, agucé la vista y descubrí al gavilán. Siempre había visto a esta especie junto a algún camino rural, pero nunca en el bosque, a orillas de una quebrada. Ave magnánima, de pecho rojizo, garras amarillas y cola barreteada albinegra, desde las alturas practicó conmigo, con toda naturalidad, el arte de la soledad.

Mono cariblanco

Esta noche, en cambio, el arte me está costando más. Hay un cuarto creciente de luna, tres planetas alineados con ella–Neptuno, Júpiter y Urano–y cientos de estrellas en el firmamento. Estoy leyendo Cartas de las heroínas, clásico de la literatura erótica de Ovidio que compré en la librería Nueva Década, en San José. Hace poco terminé Heroides, en inglés, y ahora estoy disfrutando muchísimo leer las cartas en español.

Me siento inquieto. En un trozo de mi corazón me gustaría ser Paris, en las cercanías del Monte Ida, para que la ninfa Enone me leyese su carta erótica y reviviésemos nuestros amores a la intemperie, en camas de pasto o al abrigo de los árboles del bosque. O quisiera ser Leandro, habiendo cruzado a nado el Helesponto, para leerle mi carta de amor a Hero, antes de devorarla todita.

No es así. Esta noche me cuesta, el arte se ve comprometido por la impetuosidad de la imaginación y el desasosiego corporal. Mientras tanto, resplandece Selene en cuarto creciente, rutilan las estrellas y, sintiéndome Marte, me pregunto, ¿dónde andará Venus?

Quebrada propicia para el amor naturalis entre una náyade y un mortal

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