Salí al jardín al amanecer y la vi posada en el envés de una hoja de la pasiflora amazónica (Passiflora alata). La mariposa permanecía muy quieta, con sus alas cerradas y el abdomen prominente. La observé preocupado por su quietud a pesar de mi cercanía, preguntándome si estaría herida o enferma. Solo después de un rato me percaté de que estaba poniendo huevos, dejándolos resguardados bajo la gran hoja de la pasiflora.

Busqué en internet, usando un buscador “a la antigua”, cuál mariposa podría ser, dada la región geográfica (Neotrópico a la altura del Valle Central de Costa Rica) y la planta hospedera. Casi no sé nada sobre especies de mariposas, ni tengo guías naturalistas para aprender a observarlas en el campo. Al final, después de varias falsas clasificaciones de mi parte, hice mi primera solicitud de ayuda a un modelo de inteligencia artificial, y concluí que era Agraulis vanillae.
Se llama mariposa pasionaria o fritilaria del golfo en español. El nombre Pasionaria me gustó y supuse que debe llamársele así por la flor rojo pasión de la otra pasiflora de mi jardín, la Passiflora vitifolia, que es otra planta hospedera de la Agraulis vanillae.

Pero como la atrajo al jardín mi pasiflora consentida, la que da flores moradas y púrpura que los abejorros polinizan, y luego da frutos deliciosos y jugosos, primos del maracuyá pero más dulces, preferí darle un nombre poético y simbólico, un nombre arraigado en el corazón y la tierra, y llamarla Papalotl, o sea, mariposa en náhuatl.
La dejé terminar su labor en paz. Cuando regresé al jardín más tarde aquella mañana, ya no estaba. Noté que dejó los huevos puestos en un patrón en forma de hoja, en un orden de contornos curvilíneos que terminaba en una punta aguda.

Seguí observándolos cada mañana hasta que, ocho días después, nacieron las orugas. Las encontré juntitas y diminutas, alimentándose de la hoja hospedera.

Esa mañana cayó un aguacero fortísimo sobre el Valle Central, pero ellas no se inmutaron. Ahí se quedaron, deleitándose en los placeres de ser hijas vitales de Natura naturans.

Poco a poco se empezaron a dispersar, hasta que una mañana ya no las vi en el envés de su hoja natal. Desde entonces, he visto un par de orugas, ya más grandes, paseando por el jardín. Hay un yigüirro joven que viene todas las mañanas a visitar el jardín mientras leo o escribo en mi escritorio y yo supongo que algunas orugas ya le habrán servido de desayuno.
En la heliconia que nació hace algunos años sin que yo la sembrara (la trajo un pajarito), desde hace días hay un capullo, pero debe ser de otra especie, Heliconius sp.

Los ciclos de vida en el jardín continúan, son constantes. Las orugas ya recorren su camino. Hoy una mariposa blanca ha estado revoloteando, replandeciente bajo el sol del veranillo de San Juan. Y el recuerdo de Papalotl visitando mi pasiflora consentida y dejándome su legado de pasión y vida me acompaña todas las mañanas cuando salgo al jardín.

