Donde perecean los caracoles

Pasaron trece meses exactos desde que estuve en la playita desierta, al sur de Herradura, donde descansan los pelícanos, hasta que pude regresar. Solía frecuentar esa playita, pero la vida ha cambiado tanto que en los últimos tres años he podido visitarla muy poco. Entonces cuando llego hasta ahí, recibo la ocasión no solo como un regalo vital, sino como una bendición cósmica.

Isla Palma atrás del cerro en la punta sur

Era una mañana nublada, con amenaza de lluvia advirtiendo a la playa con voz de trueno desde las montañas. Llegué en bajamar, por lo que fue muy fácil bordear la punta rocosa que divide a esta playita sin nombre de Herradura. Como de costumbre, no había gente, solo el mar, las olas, la arena y el bosque.

Esta vez, no había pelícanos flotando en la pequeña bahía o posados en las rocas más cercanas a Isla Palma. Había, en cambio, miles de cangrejos ermitaños recorriendo la arena. En la zona intermareal rocosa había cangrejos de otras especies, aferrados a las rocas en sectores sombreados y húmedos o sumergidos en las pozas que les permiten aguardar el retorno de pleamar.

Pozas intermareales

En las mismas piedras y charcas y en troncos húmedos de árboles caídos –sobre todo almendros de playa y pochotes– había cientos de caracoles pereceando. La llevaban suave, habitando los caparazones en espiral que algún día serán casa de un cangrejo ermitaño.

Algún día, como lo requiere el ciclo de vida, pero todavía no. Hoy estan vivos. Hoy ven la luz, como diría Homero. Hoy la llevan suave y disfrutan.

Y yo he tenido el privilegio de llegar hasta el lugar donde perecean. Gracias, vida, por traerme de vuelta a este lugar feliz.

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