Árboles compañeros del peripatético

Una estrategia para vivir a gusto la vida peripatética es prestarle atención a los seres que viven y están presentes en el lugar en que uno se encuentra. Uno procura observarlos, escucharlos, sentirlos, hasta comunicarse con ellos cuando algún proceso semiótico –algún camino de la biosemiosis– lo permite. A menudo, para mí, esa relación es con las aves. Pero en esta transición entre el trópico seco de Tárcoles y el invierno boreal al norte del Trópico de Cáncer, en Nueva York, han sido los árboles quienes más han acompañado mi senda peripatética.

Cocobolo al amanecer en Tárcoles

Hojarasca de estación seca

Hace una semana, en Tárcoles, me encontré con los robles sabana (Tabebuia rosea) en flor. Adornaban de rosado el entorno amarillento de ese Pacífico seco en el verano. El gran pochote (Pachira quinata) ya había botado sus flores y mantenía su dignidad austera, mientras los indios desnudos (Bursera simaruba) estaban cargados de frutos que atraían aves migratorias y residentes a sus copas. Pero eran los robles sabana en flor que le daban esa belleza especial, colorida y de estación, al territorio tarcolino. Me deleité observándolos mientras caminaba por La Libélula o desde la hamaca, antes de viajar.

Robles sabana gemelos

Gigante vecino, engalanado

Al llegar a Brooklyn, para adaptarme pronto al nuevo entorno y no quedar en un limbo orgánico y espiritual, fui pronto a caminar por Prospect Park. El lago está aún congelado por los frentes gélidos de este invierno y me permitió percibir el carácter de la estación brooklynense que no he pasado acá. Había gaviotas reidoras, gansos canadienses y algunos cisnes en los sectores del lago que el hielo no cubría. Escuché a un cardenal macho, llamando, sin recibir respuesta, desde una arboleda.

Orilla suroeste de Prospect Lake

Pero de nuevo fueron los árboles quienes me permitieron sentir en dónde estaba y con quiénes — es decir, con cuáles vecinos y en cuál bioregión. Si no llevo la guía naturalista de árboles neoyorquinos en mis caminatas, demoro para volver a reconocer las especies, excepto las obvias, como arces, ginko bilobas o sauces. Como no la llevé, observé las formas de los árboles a orillas del lago y a lo largo de la senda, junto al lindero del parque, que sube al Bartel Pritchard Square. Intenté detallar esas formas variadas, la diversidad de siluetas, y ver cómo encuadraban las vistas y los panoramas del entorno.

Caminante y árboles compañeros

Hasta cierto punto, asocié la austeridad invernal, sin hojas, de los árboles brooklynenses con la austeridad veraniega del pochote tarcolino. Unos y otro se deshacen de sus hojas para sobrevivir la estación más rigurosa en su región. Eso facilitó mi propia transición al mostrarme un aspecto de continuidad.

Senda invernal

Y este anochecer, mientras arreciaba la nevasca que está cayendo sobre Nueva York, contemplé un buen rato el sicómoro en frente de la ventana de mi dormitorio. Estaba quieto y sobre sus ramas se acumulaba la nieve. En este momento continúa recibiéndola, como si la acogiera. Hay quietud y siento que el sicómoro también me acoge a mí, como si dijera: “Acá estuve esperándote, amigo peripatético. Bienvenido a este hogar”.

Sicómoro en la nevasca (parte de la serie “Copas borrascosas”)

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