Nadé en Bahía Culebra hace dos semanas. El evento de aguas abiertas en que participé se llama el Cruce del Golfo de Papagayo, pero en realidad se nada en Bahía Culebra.

Hace un año, la competencia se realizó mientras una tormenta tropical afectaba a la costa del Pacífico. Llovía y el mar encrespado estaba cubierto por bruma. Costaba ver las boyas, incluso desde la cresta de las olas. Este año, la mañana de domingo era luminosa, cálida, azul. El Pacífico estaba mucho más calmo. Sin embargo, me resultó más difícil nadar.
Por motivos que se suman unos a otros y al final terminan por mezclarse y confundirse, este año ha sido mucho más difícil que el anterior en todos los planos–personal, afectivo, profesional, deportivo–y he entrenado menos. Sabía que llegaba con menos horas de piscina, y menor variedad de rutinas de entrenamiento, que hace un año. Por ello planeé nadar de otra forma. Aunque no estaba en mi mejor estado físico, he cultivado mejor el arte de la soledad y sabía que lo necesitaría aplicar.
Cuando se dio la salida, caminé con calma en la arena y entré de último al agua, un par de metros atrás de los nadadores en frente de mí. En los primeros trescientos metros, hasta la primera boya, la llevé muy suave, apenas empezando a encontrar un ritmo sostenible. De la primera a la segunda boya, adentrándome en la bahía, empecé a acelerar un poco. Incluso le pasé a algunos nadadores.

Continué a ese ritmo. Pero al llegar a la tercera boya, ya en medio de la bahía, empecé a sentirme un poco cansado. La corriente era más fuerte y tenía el oleaje en contra. Un par de veces tuve que romper el ritmo de mi brazada y cambiar a estilo pecho, en parte porque no veía la siguiente boya al sacar la cabeza mirando al frente y en parte porque necesitaba descansar mis hombros.
Por unos instantes, mis sentipensamientos apelaron a Ino Leucotea, la diosa marina de hermosos pies, protectora de los naúfragos, salvadora de Odiseo en su momento de mayor angustia en el Mar Jónico, cuando su balsa zozobró ante la ira de Poseidón y tuvo que nadar a tierras feacias. Quería que Ino me infundiera ánimo, como se lo infundió a Odiseo, momentos antes de que el sufrido itacense se lanzara al ponto vinoso y lo enfrentara en plena tormenta.
Sin embargo, no fue Ino Leucotea quien me rescató, sino unos “hilos dorados”, como se llama en Costa Rica a los microorganismos que inyectan toxinas ácidas al menor contacto con la piel. Sentí el ardor del roce en el bíceps derecho, el antebrazo y la axila izquierda. El dolor intenso me azuzó y me ayudó a recuperar el enfoque. Retomé el ritmo de la brazada y la concentración en el momento y lugar presentes–en la belleza del mar azul y la verde península en la distancia, bajo el cian del cielo.
Recordé además que en los eventos, como en los entrenamientos, siemore hay un trecho en el que tiendo a sentir cansancio y desánimo. Es entonces cuando me ayuda el arte de la soledad, la capacidad de acompañarme y sentipensar que el bienestar está en mí, que brota desde la fuente natural-divina que fluye a través de mí y que es también la fuente del mar y sus seres, incluyendo el hilo dorado que me ortigó, y de los otros nadadores y de las gaviotas, los pelícanos y las fragatas magníficas en el cielo.

A partir de la ortigada, me enfoqué en seguir moviéndome con la misma cadencia, sin perderla, ni romper mi concentración, ni interrumpir el disfrute de estar nadando en el Pacífico.
Sabía que no alcanzaría a la nadadora que iba veinte metros en frente de mí. No tenía fuerzas para intentar un cierre competitivo. Pensé en ella como la enviada de Ino Leucotea. La seguí como si fuera mi guía, como la gaviota que acompaña a Odiseo en su hora más solitaria y difícil.
Cuando llegué a la orilla y salí a la playa, me sentí en paz, feliz y agradecido con Natura Naturans, la divina naturaleza, con el mar y con la vida.