Marisma y ensenada en Marine Park

Antes de viajar al Pacífico tropical quise visitar un área protegida en el Atlántico neoyorquino. Monté mi bicicleta en una mañana soleada y cálida, y salí con rumbo a Marine Park, en Brooklyn, para visitar la Ensenada de Gerritsen, en Bahía Jamaica.

Pedaleé con placer los doce kilómetros desde casa, pasando por mi antiguo barrio de Kensington y por el campus de mi universidad en Midwood, hasta llegar al Salt Marsh Nature Center, la sede educativa y administrativa del área protegida que abarca pastizales, juncos, marisma y playas de la ensenada.

Comencé mi recorrido observando el panorama desde el extremo norte de la ensenada. Los cúmulos viajeros se reflejaban en las aguas sin oleaje. Y un cormorán orejón (Phalacrocorax auritus) nadaba y buceaba en busca de peces. Era la primera vez que observaba uno de estos cormoranes en agua salada y pescando. Anteriormente los había visto en el Lago Prospect, posados en un tronco seco con sus alas extendidas para secarlas. Nadador y buzo, admiré la agilidad del ave en el agua y atesoré la oportunidad de aprender de él.

Además me recordó a su primo, el cormorán neotropical (Phalacrocorax brasilianus), a quien sí he visto nadar, bucear, volar y secarse con alas extendidas en el Pacífico costarricense. Así, el cormorán me preparó para el regreso a aquellas aguas tropicales, a nadar, bucear, sentir, vivir.

Cuando el cormorán se sació de la pesca y voló a refugiarse entre juncos en la orilla de la ensenada, inicié mi caminata por el Salt Marsh Nature Trail, sendero que recorre los linderos de la marisma. Sentí el olor a sal, a mar, entre los pastizales. Sorprendí entre juncos a una garceta grande (Ardea alba) que alzó vuelo, como haz blanco bajo el cielo albiceleste.

Al salir del sendero, ya de vuelta en el Nature Center, me quedé por largo rato en la terraza-mirador. Contemplé la silueta de la ensenada, sus contornos, el leve movimiento de sus corrientes, la danza de los juncos en la brisa, el viaje de ensueño veraniego de los cúmulos, el vuelo juguetón de las gaviotas reidoras (Leucophaeus atricilla).

El vuelo de las gaviotas, como augurio divino, anunciaba el mío. Así como las aves migratorias en pocos días iniciarían su vuelo hacia el trópico, yo estaba a punto de tomar el mío.

Me despedí con una reverencia de la marisma, de la ensenada, del Atlántico. Consciente de mi sino peripatético, monté mi bicicleta y emprendí el camino a mi casa, primero la brooklynense, luego la tropical.

La vida, en estos tiempos inciertos y cambiantes, dirá hasta cuándo permaneceré, como ave migratoria, en costas tropicales, apreciando a algunas de las especies que durante estas semanas observé en Long Island.

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