Ha sido difícil presenciar cómo la kakistocracia soez y violenta que ya gobierna en algunos países de nuestro continente, desde Estados Unidos de América hasta Argentina, fue electa para gobernar cuatro años más en Costa Rica. Casi la mitad de la ciudadanía votante premió a los kakistócratas populistas, el pasado domingo, con mantenerlos en el poder para destruir todo lo que les estorba, desde instituciones y legislación –incluso la Constitución de 1948– hasta humedales, bosques y sitios arqueológicos, en su vorágine cleptócrata y autoritaria.
Los que valoramos la justicia, desde la social hasta la ambiental, y la excelencia (arete), tenemos por delante una dura pero necesaria tarea: en parte una labor de resistencia, pero también de cuidar y nutrir lo verdadero, justo y admirable en sociedad.
Esta semana, mientras he ido procesando lo acontecido, he sentido la necesidad de cuidar aquello que me es posible, aquello que está a mi alcance y representa lo bueno, bello y amable.
Di las clases de filosofía americana y de ética empresarial a mis cincuenta y siete estudiantes de este semestre. Tengo cincuenta y siete oportunidades de nutrir el deseo por aprender, por investigar, por procurar la verdad y actuar con bondad.

Conversé con mi familia y con algunos amigos cercanos sobre lo que podemos hacer política y socialmente: es mucho, hay caminos. Cuidé a las plantas de mi jardín josefino, sobre todo a la passiflora alata que está bajo el ataque debilitante de una plaga de insectos que la está enfermando, justo después de que en diciembre y enero la pasiflora dio tantos frutos.

Y vine a Tárcoles a cuidar la tierra, el territorio de La Libélula. Es verano, o mejor dicho, estación seca. La tierra está sedienta y las plantas y árboles necesitan agua y atención.

La sesión de riego de hoy, mientras atardecía, me permitió pasar de la observación de cada planta y árbol, a la contemplación de todo el entorno y, por momentos, casi a la meditación, inmerso en el flujo de la vida que este territorio sustenta.

Cuidar esa vida –desde los árboles de mango medianos, que ya son casi lo suficientemente fuertes como para soportar los veranos, hasta el guayabo, el aguacate y el lorito, que aún son muy jóvenes y frágiles y cuya vida está en riesgo cada día de sol abrasador y sequedad–, cuidarla mientras observaba y escuchaba aves, me ayudó a cuidarme a mí mismo.

Quizá esto me permita, la semana entrante, cuidar lo verdadero y justo en sociedad que esté a mi alcance. Pero por hoy, cuidar nuestra tierra fue bienestar suficiente.
