Tengo un nuevo amigo: Thomas Merton. Desde hace años he querido leer los diarios de este monje trapista, amigo personal y mentor del nicaragüense Ernesto Cardenal, pero hasta ahora nunca había priorizado ese deseo de lectura, no le había dado espacio y tiempo. Suponía que sus diarios entrarían dentro del género de literatura sapiencial, al que conforme progrese mi vida le quiero dedicar más y más tiempo (porque no hay tiempo y vida para tonterías y banalidades, incluso literarias). Pero no había abordado la lectura de Merton.
Durante años pensé que lo leería en inglés, su idioma. Sin embargo, oteando la biblioteca de mi mamá me encontré el Diario de un ermitaño: Un voto de conversación – Diarios 1964-1965 (Lumen: Buenos Aires, 1998). Éstos corresponden a un período en el que Merton recibió autorización de su orden católica para vivir en relativa soledad, en calidad de ermitaño. Decidí (sentí) que había llegado el momento de leerlo, aunque fuera en traducción al español, que es la que tengo a mano, y no en la voz original del autor. Acometí la lectura hace algunos días, leyendo una o dos fechas del diario cada mañana.

Generalmente leo en mi casa, en el sillón reclinable donde me gusta ponderar, muy quieto y en silencio, este género de literatura diarista y sapiencial. Ayer, sin embargo, leí un pasaje extraordinario en la sala de espera de una clínica oftalmológica.
El 6 de enero de 1964, en una entrada que tituló “Epifanía”, Merton dialogaba con la teología existencialista del alemán Rudolf Bultmann. Lo que me interesó fue lo que el propio Merton escribió sobre la libertad personal:
El pavor a ser uno mismo es el gran obstáculo de la libertad, pues la libertad equivale a ser uno mismo y proceder de acuerdo con ello.
Merton le da una interpretación existencialista a esta idea. Esto se revela en la oposición que crea entre apelar a una autoridad para que nos diga qué pensar y cómo actuar y el coraje para pensar y decidir por nosotros mismos:
Fuga hacia una autoridad externa para la aprobación. Opuesto a ello: la capacidad de tomar decisiones como si no estuvieran sujetas al comentario de [otras personas]. ¡Soledad verdadera! Soledad del poeta en sus decisiones.
Yo no concuerdo del todo. Justamente una forma de forjar una nueva amistad intelectual es acordando y discordando con franqueza. Estoy de acuerdo con que muchas veces, ante la dificultad y el temor de pensar, decidir y actuar por nosotros mismos, procuramos una autoridad que decida por nosotros. Charles Peirce llamó a esto el método de la autoridad para fijar nuestras creencias en su artículo “The Fixation of Belief” (1877). Sin embargo, la alternativa no es retirarnos cada uno a una supuesta “soledad del poeta” para saber qué pensamos y decidir cómo actuar, qué hacer, incluso cómo vivir. Al menos, la soledad liberadora no es exterior y, si es interior, hay que encontrarla enfrentando al inconsciente. La liberación no es consciente, mucho menos obvia.
Yo le daría un giro jungiano, entonces, a la sentencia de que “la libertad equivale a ser uno mismo y proceder de acuerdo con ello”. La libertad surge del proceso de individuación. O mejor dicho, la liberación personal es el proceso de individuación jungiano en el que nos enfrentamos a nuestra propia sombra, en el que nos conocemos tal cual somos aun en lo más oscuro, exploramos qué hay en la sombra de nuestro inconsciente y descubrimos la máscara que oculta al verdadero self oculto en las sombras que el ego niega.
La liberación es el proceso en el que integramos nuestro inconsciente y nuestro consciente, poco a poco y atravesando mucho dolor y temor. Esto no es un asunto de leer libros existencialistas escritos por franceses de café o alemanes de escritorio, mucho menos por imitadores de otros lares.
Y es un proceso personal, pero no necesariamente solitario. Ayuda tener guías sabios y prudentes y compañeros amorosos en el camino, aunque sea un proceso íntimo, personal y que requiere el coraje individual que Merton señala.

[Foto de portada: Ermita]
Nicely said!
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¡Gracias!
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