El día había amanecido gris, frío, lluvioso. Un manto denso de estratocúmulos ensombrecía el valle. La tierra del jardín estaba húmeda; en las hojas de la heliconia, la pasiflora, la pitanga y el rosal se acumulaban gotitas de agua. Mirándolo a través de las puertas de vidrio desde mi escritorio, el jardín me parecía triste, sus verdes apagados. Yo estaba desconcentrado, sin entrar en materia de estudio. Me puse a escribir nostalgias en mi cuaderno.
Al rato escampó y se abrió un poquito el cielo. El sol comenzó a iluminar al “once de abril” (Duranta erecta), el arbusto de frutos amarillos y flores lavanda que crece junto a la ventana del dormitorio. Continué escribiendo pero de reojo vi pasar una sombra en vuelo que se posó en el arbusto. Miré al jardín y no vi al ave pero atisbé, sobre la tierra, la sombra de su ancha y larga cola. Empecé a escuchar los graznidos inconfundibles de un gran zanate (Quiscalus mexicanus). Me levanté despacio y, con cuidado, me acerqué a la ventana y me asomé.

Ahí estaba el zanate, agazapado en el claroscuro entre las ramas del “once de abril”. Se quedó quieto un momento; su plumaje tornasolado y su ojazo amarillo centelleaban con los rayos del sol que se filtraban entre el follaje.
Luego empezó a saltar entre las ramas. Pensé que buscaba los frutos amarillos y anaranjados, pero los ignoró. (Solo después leí que los frutos del Duranta erecta son tóxicos). Sin embargo, sí hurgaba entre las ramas y el follaje. ¿Quizá buscaba un nido de yigüirro (Turdus grayi) o comemaíz (Zonotrichia capensis)? Los zanates comen sus huevos. En mi jardín solía haber nidos de esas aves, pero desde hace tiempo los comemaíz no anidan y ni siquiera lo visitan, y los yigüirros, solo de vez en cuando. Quizá era eso lo que sucedía: el zanate acechaba su almuerzo, pero acá ya no lo había.
Para mí, sin embargo, el momento acontecía para apreciar su belleza efímera, no para tejer conjeturas. Los destellos tornasolados y dorados del zanate en claroscuro me sacaron de la nostalgia.

[Foto de portada: “Quiscalus mexicanus en Quintana Roo”, de R. Conte].