Juan Ramón Jiménez: Platero y yo

Hoy mi papá hubiera cumplido setenta y nueve años. Han pasado casi once meses desde que falleció. Acá comparto unos apuntes de mi cuaderno personal sobre mi lectura de Platero y yo, del Premio Nobel español Juan Ramón Jiménez. No lo había leído desde la escuela primaria. Pero en la misa del funeral, en la Iglesia San Bosco de San José, el padre Maroto citó un poema de Jiménez, “Lo que queráis, Señor…”, que me hizo querer leer al poeta español. Días después del funeral, compré sus Elegías andaluzas en la Libería Nueva Década, cerca de la Universidad de Costa Rica, pero empecé por leer el clásico de la literatura infantil, escrito para adultos sensibles. Acá comparto lo que escribí, sin editarlo. Quizá alguien sienta consuelo anónimo también al leerlo.

In memoriam, R.C.M.

Domingo 29 de junio de 2025 

San José, Costa Rica 

… 

Ya con el arrullo del aguacero, terminé de leer Platero y yo de Juan Ramón Jiménez. El final me conmovió; es tierno, melancólico, pero grato y esperanzador. Me pareció hermoso y me hizo pensar en Maya, nuestra perrita familiar enterrada en La Libélula, allá en Tárcoles, y metafóricamente en Papi. Escribí una reseña corta en Goodreads:

“Leer en la adultez y en una época de duelo este libro escolar ha sido reconfortante y maravilloso. “El canto del grillo” (cap. 24) me hace recordar a la meditación de Tasurinchi, el cuentacuentos machiguenga que escuchaba las voces de las luciérnagas en la novela El hablador de Mario Vargas Llosa. “Los gorriones” (49) esboza una filosofía vital de libertad, gozo y espiritualidad poética sin prejuicios ni trampas rituales. “Libertad” (59) es una alegoría del amor al prójimo — amar a los pájaros es amarlos libres y cuidar de su libertad. “La muerte” (60) llega súbita e inesperada, deja al poeta cargado de nostalgia (61) —”Platero, tú nos ves, ¿verdad?”— y se resuelve en una melancolía tierna (63) según la cual una mariposa blanca, volando de lirio en lirio, evoca el alma del amigo perdido. La dedicatoria final a Platero, a manera de elegía, es conmovedora.” 

Hay varios sentipensamientos con los que me identifiqué y varias vivencias narradas con las que sentí empatía. Además, la prosa es lírica y romántica, de belleza y sencillez admirables. Bendita lectura para este proceso de duelo por Papi. 

Pd—Hay algunos capítulos de Platero y yo que me resultaron de especial consuelo, ya fuera por la empatía o por la visión de la continuidad del amor y la consciencia que articulan. Ahora amplío lo que empecé a escribir hace algunos días.  

En “Nostalgia” (cap. 61), el poeta se hace una pregunta que yo me he hecho muchas veces sobre Papi: “Platero, tú nos ves, ¿verdad?” Hay esperanza, pero también duda, en la cuestión. Y hay poesía en sus varias elaboraciones: “¿Verdad que ves a los niños corriendo, arrebatados, entre las jaras, que tienen posadas en sus ramas sus propias flores, liviano enjambre de vagas mariposas blancas, goteadas de carmín?” Y hay, a fin de cuentas, después de la duda, afirmación, certeza, o al menos fe: “Sí, tú me ves. Y yo oigo en el poniente despejado, endulzando todo el valle de las viñas, tu tierno rebuzno lastimero”. Es la certeza, o la fe, o la percepción, de que el amor conexo continúa. 

En “Melancolía” (cap. 63), el poeta y los niños del pueblo han ido a visitar la tumba de Platero, albergada por un pino, en un campo de primaverales lirios amarillos. Mirando a la tierra donde yace su burrito, el poeta le pregunta: “¡Platero amigo! … si como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrías, quizá, olvidado? Platero dime: ¿te acuerdas aún de mí?” De nuevo hay vacilación, quizá algo de temor mezclado con esperanza. Entonces llega una señal, un evento que para el poeta es la respuesta a su interrogante: “Y cual contestando mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio a lirio”.  

Para todos nosotros [en mi familia], en especial para Mami, las libélulas han significado la presencia y el apoyo de abuelito Hernán, y las mariposas los de abuelita Luz, desde que fallecieron. La presencia de Papi, la continuidad de su amor, aún no tiene un símbolo, un tótem. Pero en momentos de tristeza o incertidumbre, de alguna manera se manifiesta, como en el movimiento en péndulo de la lámpara colgante, sobre el comedor de la casa, el pasado Día del Padre. 

La dedicatoria del libro que el poeta le hace a Platero, a manera de epílogo elegíaco, es reconfortante: 

Sí. Yo sé que a la caída de la tarde, cuando entre las oropéndolas y los azahares, llego lento y pensativo por el naranjal solitario, al pino que arrulla tu muerte, tú, Platero, feliz en tu prado de rosas eternas, me verás detenerme ante los lirios amarillos que ha brotado tu descompuesto corazón. 

Para mí, será en mi jardín que Papi cultivó con amor como manera de cuidarme, y en La Libélula, que también cultivó junto con Mami, donde yo me detendré a sentipensarlo y él me verá.

Passiflora alata de mi jardín

[Foto de portada: Lirios de mi jardín plantados por mi papá y mi mamá].

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