La Vida ha sido generosa desde marzo y, en Salvador de Bahía, me ha regalado tres señales de que todo va bien y voy por buen rumbo.
Desde que leía novelas de Jorge Amado en mi época colegial en San José, quise venir a conocer Salvador de Bahía. Disfruté, sobre todo, las aventuras de los niños desamparados pero libres de la Cidade Baixa en Capitães da Areia, pero también guardo algunos recuerdos de la vida en los muelles de Salvador retratada en Mar Morto.
Años después, cuando llegué por primera vez a Brasil, en una de las salas de cine arte de São Paulo vi la película Cidade Baixa (Sergio Machado, 2005) y la idea de visitar Salvador me sedujo tanto como me excitó la disputa erótica y sexual en el triángulo amoroso que retrata la película.

Después de eso visité Brasil todos los años, por muchos años, y conocí más de la mitad de sus estados, pero irónicamente nunca viajé a Bahía. Hasta ahora.
Y en la primera caminata por los barrios históricos de la Cidade Alta pude admirar, en la plaza empedrada conocida como Largo do Pelourinho, la fachada azul y las puertas y ventanas amplias de marcos blancos de la Casa de Jorge Amado.

Hoy una fundación administra la casa, convertida en museo. Aunque la mansión está cerrada por reformas y no pude visitar el museo, me sentí feliz al contemplar la casa azul bajo el cielo cerúleo y el sol dorado de Bahía. Esa fue la primera señal.

La segunda señal fue poder admirar la Cruz del Sur brillando en el firmamento sobre el Atlántico impetuoso y oscuro, cada noche desde la primera noche en Salvador. En el cielo estrellado reconocí de inmediato a mi constelación tutelar, la que siempre he buscado en el firmamento cuando he podido, ya fuera en Costa Rica, aquí en Brasil, o más al sur, en Uruguay y Argentina. “Nuestro norte es el Sur”, decía el maestro uruguayo Joaquín Torres García y así ha sido para mi corazón.

La tercera señal llegó el primer domingo por la mañana, cuando vi a una fragata magnífica (Fregata magnificens) sobrevolar la Praia do Farol da Barra, en la punta de la península cuyo faro marca el ingreso a la Bahía de Todos los Santos.

Creo que el ave era un macho adulto porque la vi toda negra, sin plumaje blanco, aunque su garganta debía ser rojo escarlata. Me pareció majestuosa, con sus alas en forma de M extendidas y la tijereta de la cola cerrada, para planear en las corrientes de aire.

Ángel negro bajo el cuenco cerúleo y el disco dorado, libre y feliz sobre el azul marino y el blanco hueso de la arena, planeaba de oeste a este mientras yo miraba al sur, hacia el océano. Interpreté su presencia y su saludo como un buen augurio neotropical.
Tres señales, grandes alegrías. Voy por buen camino, rumbo Sur.
