Donde descansan los pelícanos

Logré regresar, después de año y medio, a la solitaria playa donde descansan los pelícanos. La última vez que la visité, no imaginaba todo lo que iba a suceder antes de que pudiera regresar: todas las alegrías y tristezas, la felicidad y la desolación que vendrían. Así es la vida.

En teoría no es difícil llegar. Solo hay que estar dispuesto a hacer una corta y paciente caminata, alejándose de la gente en Playa Herradura, hacia el sur, bordeando dos puntas rocosas. Se facilita en marea baja, como el jueves pasado en la mañana. Lo que es difícil es que la vida te permita el tiempo, la energía y la tranquilidad para poder llegar a Herradura y hacer la caminata.

Garza contemplativa en almendro

La última vez, me encontré con una garza grande (Ardea alba) descansando y contemplando el horizonte en el tronco caído de un almendro (Terminalia catapa) y con algunos pelícanos flotando en el agua calma de la pequeña bahía.

Espiral en el corazón

Esta vez, me encontré con un caracol sobre piedras que mostraba su espiral al haberse quebrado transversalmente, flores de almendro sobre la arena y un tronco caído de caraña (Bursera simaruba) que apuntaba hacia el mar, queriendo tocarlo.

Flor de almendro

Y me encontré con dos pelícanos pardos (Pelecanus occidentalis) descansando sobre las rocas, mientras escuchaban la voz del Pacífico y contemplaban los azules contrastantes del mar, el cielo y la silueta distante de la Península de Nicoya.

Con ellos, escuchando y contemplando también en silencio, hallé consuelo y sentí una sutil alegría.

Caraña en busca del océano

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