Soledad urbana

Disfruto mucho practicar el arte de la soledad urbana. Me gusta salir de mi casa, caminar por mi barrio brooklynense o josefino, montarme en el bus o el metro, ir al cine o a un concierto, a algún parque o museo, observar gente y saber quién soy–conocerme, hasta donde la mente consciente me permite discernir mis luces y sombras–sin que nadie más lo sepa, ni me interese revelarlo.

Esto último, he descubierto recientemente, me da mucho placer. Me gusta entablar conversaciones anónimas–comentar una película, una canción, un libro–con alguna persona–en el cine, la sala de conciertos o entre las estanterías de una librería–sin decir quién soy, ni de dónde vengo, ni adónde voy. Vamos al grano y hasta luego.

Quizá me hace sentir como el viento. Según las metáforas de la carta astral, nací con abundancia de fuego en mi ser, escasez de tierra y aire, y total ausencia de agua. Quizá por eso me gusta practicar la soledad urbana: ¡libérrima delicia, ser un viento solitario en la ciudad!

Tren N, vagón vacío (Foto de Flickr: Giulia)

[Foto de Flickr de portada: Nobuo Nakamura]

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