Empecé a recuperarme con una caminata cortica, 1.4 km, el Día de Reyes. Aquel día decidí celebrar la llegada del 2024, después de un inicio cataclísmico. Al día siguiente, ya caminé 4.4 km, tranquilo y en silencio, por mi barrio.
El lunes saqué a Fregata para dar una vuelta y pedalear un poco. Aproveché para nadar, 1.8 km, y saludar a les compas de la piscina. Seguí caminando en las tardes y el miércoles, de nuevo, cleteadita en Fregata y 2.1 km en la piscina. Retomar el movimiento me alivianó el corazón y aligeró el cuerpo.
Hoy ya pude viajar a La Libélula, en Tárcoles, y sentir el verdadero calor de enero en la piel y el alma. ¡Qué delicia! Me recibió el momoto cejiceleste, que se vino a posar en un mango y mover su cola turquesa en movimiento de péndulo. El árbol de carambola lo hallé cargado de fruta; la más madura parecía un sol colgando de una rama. Sabrosura tropical.

Ahora cantan gran cantidad y variedad de grillos y les acompañan los cuyeos. Se oye un coyote aullando, a lo lejos. No he escuchado a las lechucitas sabaneras, pero sé que por aquí cerca andan, sigilosas.
La noche está despejada y se ven cientos de estrellas en el firmamento. Reconocí algunas constelaciones, pero ¿dónde estás, Venus? Mi cuerpo es Marte. Siento una gran impetuosidad recorriéndome.
Debe ser la proximidad del Pacífico. Esta semana he dado un paso, luego otro, luego los demás, para acercarme. Si la Vida lo quiere, por la mañana llegaré a la playa, caminaré por la arena, iré hasta el lugar donde solo hay pelícanos, más allá de Herradura, y nadaré con placer.