Hace un mes me golpeó la primera gripe, por primera vez, en casi cuatro años. Estaba entrenando para un evento de natación en aguas abiertas y ¡zás!, resfrío, doce días antes del evento. De todos modos viajé e intenté nadar en el Lago Arenal, en Tilarán. No me fue bien. De hecho, me fue bastante mal. Tuve que aceptar una gran frustración, una monumental derrota de la voluntad ante la realidad. Algo aprendí.

Sí pude ver a personas amadas y amarlas, quererlas en la presencia. También pude visitar a Maya en nuestra tierra tarcolina, donde descansa. Fueron grandes bendiciones en un momento inusual del año, mucho más importantes que la natación.
Regresé a Brooklyn. Terminé el año de labores docentes y administrativas. Incluso fui anfitrión de un simposio de filosofía, Great Circles: Mathematics, Philosophy, and Poetry, una bellísima experiencia de amistad intelectual alrededor de la obra y presencia mi mentora, Emily Grosholz.
Y esta semana pude regresar a actividades que amo: a leer y escribir filosofía relacionada con mis proyectos de investigación, a comentarla con dos excelentes estudiantes y a nadar con regularidad en la piscina de Brooklyn College. Cada tarde he podido entrar al agua y empezar a tomar ritmo en la natación, mientras la abundante luz del sol entraba por los ventanales, se refractaba y creaba patrones dinámicos y dorados en el fondo. Primero nadé 1600 metros, luego 1800 metros y, ayer, 2050 metros.
Hoy ya leí varias páginas del libro The Primal Roots of American Philosophy, fuente para uno de mis proyectos sobre las tierras sagradas de los pueblos originarios de América. Pronto iré a nadar al YMCA de Park Slope. Y luego almorzaré sushi en Mura, mi restaurante japonés favorito de ese barrio.
Ha sido la semana de transición al verano. Bienvenido sea.
