Viaje a Irán

Esta semana viajé a Irán. Fue sorpresivo, inesperado, a pesar de ser un viaje que he anhelado desde que vi el filme de Abbas Kiarostami, El viento nos llevará (Bad ma ra khahad bord, 1999), y conocí la poesía de Forough Farrojzad.

La idea de hacerlo surgió en la estación del metro de Prospect Park, cuando vi un afiche anunciando la muestra de arte iraní contemporáneo “Rebel, Jester, Mystic, Poet: Contemporary Persians,” en la Asia Society de Nueva York. Organicé la semana para ir cuanto antes. El viernes, bajo la tormenta de lluvia pertinaz y viento frío del Atlántico, fui de Brooklyn al Upper East Side de Manhattan y realicé el viaje estético e imaginativo a Irán.

El principio de curaduría era presentar la obra de veintitrés artistas contemporáneos de Irán y su diáspora, mostrando su relación con la cultura persa, antigua y actual. Les artistas se posicionaban como rebeldes, bufones, místicos o poetas con respecto a esa cultura. El conjunto de la exhibición era una mezcla alucinante de transgresiones, sátiras, renovaciones, transformaciones, evocaciones e invenciones.

Sin percatarme, recorrí la muestra en orden cronológico inverso, comenzando por las obras más recientes, pero esto me deparó una conmovedora sorpresa al final del recorrido.

En la primera sala me encontré con el “Barril de petróleo #13” de Shiva Ahmadi, efectivamente un barril de petróleo, acero decorado con diseños tradicionales de suma delicadeza y precisión, excepto por algunos detalles de imperfección en la base del barril que evocan la violencia de los balazos y el derramamiento de un líquido: ¿Petróleo, sangre o ambos?

Shiva Ahmadi (1981), poeta: “Barril de petróleo #13” (2010)

En el resto del segundo piso encontré otras obras que me llamaron la atención por su capacidad de renovar o transgredir la cultura tradicional iraní, incluyendo sus artes. Comparto dos.

Morteza Ahmadvand (1981), místico: “Devenir” (2015), esfera de fibra de vidrio y videos que evocan la unión y convergencia de las tres grandes religiones abrahámicas, el judaísmo, el islam y el cristianismo.

Shahpour Pouyan (1979), rebelde: “Pensamiento impensable” (2014), siete domos de cerámica que aluden a siete estructuras arquitéctonicas de distintas épocas y civilizaciones que representan la hubris humana en su búsqueda universal del poder.

En el tercer piso encontré las obras que más me impactaron o conmovieron. Al ingresar me encontré con la imagen atractiva que aparece en el afiche de la muestra. Es una fotografía de una mujer que se cubre parcialmente el cabello con un pañuelo tradicional pero lleva una peluca rubia, de chica peliteñida, usa lentes de contacto azules, viste una chaqueta de denim, hace una burbuja con goma de mascar rosada y tiene una curita en la nariz que sugiere una cirugía plástica.

El retrato, creado en el estudio de la fotógrafa Shirin Aliabadi (1973-2018), alude a las rebeliones estético-culturales de mujeres urbanas y de aspiración cosmopolita, durante los años del gobierno reformista de Mohammad Khatami (1997-2005). Es parte de una serie de fotografías de “mujeres híbridas” que Aliabadi inició en el 2006, cuando se volvió a imponer la reacción conservadora en Irán. [Ver imagen de portada: “Miss Hybrid #3” (2008), impresión cromogénica].

La composición desconcertante, a la vez rebelión y transgresión, me recordó a la poesía de Forough Farrojzad, poeta iraní de una generación anterior (Teherán, 1935-1957), mujer independiente, apasionada y rebelde.

La obra de Aliabadi me preparó, además, para descubrir a Shirazeh Housiary en la siguiente sala. Allí me encontré con una escultura en forma de vórtice, construida a partir de ladrillos de vidrio traslúcido. Le dí varias vueltas, observándola desde todos los ángulos que pude, percibiendo sus aparentes cambios de forma de acuerdo con la perspectiva.

Shirazeh Housiary (1955): “Pupa” (2014), escultura en primer plano, y “Memoria” (2005), acuacrílico y yeso sobre lienzo, en segundo plano.

A la escultura la acompañaba otra obra de Housiary, un lienzo de fondo blanco con una franja azul celeste atravesándolo horizontalmente. El lienzo minimalista evocaba, para mí, una fusión de paz y tristeza sutil que preservaba la posibilidad de un renacimiento, como un cielo matinal. Me recordó además a las piezas arquelógicas de color azul persa que vi en el Brooklyn Museum hace tres años, junto con una Musa huetar.

Cuando me acerqué, sin embargo, me di cuenta de que la apariencia minimalista escondía miles de trazos precisos y diminutos en lápiz azul. Intenté imaginar el estado de meditación profunda, la aproximación a la vivencia mística, que la artista debió alcanzar gracias a su inspiración en la tradición sufí. Me recordó a la poesía de Rumi que tanto ha enriquecido mi vida. La placa explicaba que para la artista esta obra representaba el surgimiento y la disolución de la conciencia humana en la infinidad blanca de lo desconocido.

Shirazeh Housiary (1955): Detalle de “Memoria” (2005), trazos de lápiz azul.

Y justo frente al lienzo blanquiazul de Housiary me encontré la mayor sorpresa de la muestra, emocionante y conmovedora para mí: un campo nevado donde destacan apenas las siluetas negras de algunos árboles sin hojas y los rastros del viento sobre la nieve.

La imagen minimalista me conmovió antes de percatarme de que su creador es Abbas Kiarostami, el director de cine que me atrajo, junto con la poesía de Rumi y la de Farrojzad, a la exploración de las tradiciones culturales persas.

Abbas Kiarostami (1940-2016): Sin título, impresión fotográfica en lienzo, de la serie Snow White (2010)

El paisaje invernal, austero, me sumergió en un mundo de poesía y misticismo sensible, similar al de los trigales de otoño al final de la película El viento nos llevará. Al contemplar esta imagen pude realmente viajar a Irán, a recorrer los paisajes urbanos y naturales que la fotografía y cinematografía de Kiarostami capturan con tanta belleza.

Me quedé en estado contemplativo por largo rato, quizá media hora. Poco a poco regresé al aquí y ahora, a la sala y a la muestra.

Me despedí de los árboles en el campo nevado y pasé a la última sala, donde me esperaba otro descubrimiento: una pintura caligráfica, naqashi khatt, de Mohammed Ehsai. El artista, místico y revolucionario a la vez, trazó la palabra farsi mohabbat (bondad) cuatro veces, en cuatro direcciones, con óleo rojo sobre un lienzo cubierto por lámina de plata.

Mohammed Ehsai (1936): “Mohabbat” (2015)

La estética de la obra es contemporánea, evocando incluso una onda pop con el rojo vivaz sobre el brillo plateado, pero el sentimiento de amor compasivo y universal, a la vez religioso y humanista, es antiguo y de relevancia contemporánea.

Con ese sentimiento de bondad, mohabbat, que me recordó al karuna de las religiones índicas y al agape cristiano, me despedí de la muestra.

Regresé de mi viaje a Irán y salí al aguacero con ventisca que azotaba las calles neoyoquinas. Caminé largas cuadras, muchas más de las necesarias, observando a la gente caminar de prisa bajo la lluvia, procurando guarecerse, como quien busca refugio en el misticismo y la poesía, en el arte y la caligrafía, hasta que decidí descender a los túneles del metro para regresar a Brooklyn.

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