Hoy ha sido un día sosegado, tranquilo, ideal para observar aves desde la hamaca. Ha habido silencio en La Libélula y ni siquiera ha llovido sobre Tárcoles. Hasta la brisa ha sido sutil, casi imperceptible, excepto por el mecerse ocasional de las hojas de una drácena junto a la terraza, bajo uno de los árboles de mango.
Más allá de algún ladrido distante o el aullar gutural de los monos congo en la arboleda de la quebrada, los únicos sonidos has sido los llamados y cantos de las aves.

Hoy han venido muchas especies. Las que hacen alharaca: lapas rojas, loros frentinaranja, pericos barbinaranja. Las canoras que cantan bellas melodías: soterrés, yigüirros, tordos cantores. Las palomas que se lamentan o que preguntan “¿quién eres tú?”. Las aves que llaman a sus amigas con voces agudas: bienteveos, carpinteros de Hoffman, tijos. El momoto sigiloso. Una pareja de orioles que no dijo nada mientras descansaban, como ángelitos áureos, en el árbol de cenízaro. Hasta los trogones cabecinegros, cuyo canto parece una cascada de notas descendientes.
Ya empieza a atardecer y las parejas de lapas aún hacen su algarabía al sobrevolar, como saetas tricolores, estos territorios huetares.
Ha sido un maravilloso día, pleno de regalos de Natura naturans traídos hasta mi hamaca.
