Hoy disfruté con plenitud el ritual semanal de ir a hacer compras, y chinearnos con gusticos, en la Feria del Agricultor de Guadalupe. Es verano aún y las tardes de abril son soleadas y cálidas.
Aunque ya cantan los yigüirros convocando al invierno, no han llegado las lluvias vespertinas de mayo. Por ello es posible ir con tranquilidad a la feria del agricultor al terminar la tarde del viernes.
Aprecié el poder caminar entre los puestos de productos, los vendedores y la gente, escuchando voces, admirando rostros y miradas, observando colores y formas de los frutos de la tierra y sintiendo sus texturas.

La lista de compras incluía cebolla roja y blanca, ajo, zapayo, ayote tierno, ayote sazón, tomate, papa, aguacate, papaya, banano, plátano, melón, yerbabuena, romero y perejil, entre otras cosas.
Todavía teníamos limón, pepino, cebollino, remolacha, zanahoria, berenjena, yuca y granadilla de la semana pasada, por lo que no los escogimos.
Pero en el transcurso del camino añadimos gusticos espontáneos como pejibayes de Turrialba, tortilla con queso Bagaces, fresco de cas, fresas de Dota y yuquitas fritas del Tejar. Dejamos pasar los caimitos y la guanábana porque ya no nos cabían más compras en los carritos y nos quedaban pocos colones.
Regresamos caminando despacio y contentos. Había atardecido y la noche era plácida. Júpiter ya reinaba en el firmamento.
Ya en la casa nos complacimos. Pelé pejibayes para todos y frité un par de plátanos maduros. Los acompañamos con puré de yuca con picadillo de ayote y zanahoria y fresco de jamaica.
Mientras conversábamos, yo agradecía a Deméter por sus regalos tropicales.
