San José del poniente al naciente

El domingo atravesé San José caminando de oeste a este. Fui a hacer una vuelta al barrio Sabana Norte y decidí regresar a pie.

Entré a La Sabana, el mayor parque urbano de San José, y vi de lejos al “nuevo” Estadio Nacional. Es moderno pero yo quise mucho más al viejo estadio, la “Tacita de Plata,” donde vi todos los partidos eliminatorios que llevaron a Costa Rica a su primer Campeonato Mundial, en Italia. Allí mi papá, en su infancia y adolescencia, vio muchas veces jugar al Deportivo Saprissa, incluso cuando nuestro amado club morado jugó contra el Santos de Pelé.

Empecé a reconocer así mis recuerdos, pero sin engañosas nostalgias. El sino peripatético me ayuda a apreciar a San José tal cual es hoy. La Sabana, por ejemplo, me pareció reanimada. Había grupos de adolescentes aprovechando el domingo juntos y en las canchas de fútbol se jugaban varios partidos federados. Ninguno era muy bueno, pero al menos todavía hay jugadores domingueros corriendo, sin pensar mucho, detrás de la bola.

Un señor moreno de piel curtida me preguntó dónde quedaba el Mercado Borbón. Le señalé el centro de la ciudad, muy al este, y le dije que siguiera caminando y preguntara. Me dio las gracias. Dijo ser de El Salvador y andar en busca del mercado. Su acento no me pareció salvadoreño y me dio la impresión de que me hizo la pregunta solo por conversar. Siguió su camino.

En el lindero oriental de La Sabana pensé en visitar el Museo de Arte Costarricense, en el bello edificio de arquitectura colonial, con torre de techo entejado, que fue la sede del antiguo aeropuerto de la ciudad. Pero ya había cerrado. Observé el jardín de esculturas desde afuera.

A la estatua de León Cortés solo le vi la espalda. Me acerqué por la Avenida 4 hasta el parque Beneméritos de la Patria, frente al Colegio María Auxiliadora, donde mi abuela Dora cursó tres años de secundaria antes de llevar los últimos dos, de bachillerato, en el Colegio de Señoritas. Se graduó de maestra.

En la fuente colorida del parque Beneméritos siguen estando los sapitos de concreto, a la sombra de un gigantesco higuerón. Cerca hay un mural feminista. Saludé a la memoria de mi abuela.

Mural feminista contemporáneo en el Parque de los Beneméritos

Continué por el barrio San Bosco, admirando la arquitectura de sus elegantes casas antiguas. En la iglesia de ese barrio fue el funeral de mi papá, en enero. También lo pensé, con gratitud. La tarde era hermosa y no invitaba a la tristeza.

Casona en San Bosco

En Calle 28 bajé al norte, a la Avenida 2, porque me sorprendió ver que la Sala Garbo todavía funciona. En la Garbo vi muchas películas de cine arte en mi época del colegio e incluso después, cuando regresaba en mis vacaciones de estudiante universitario. Pero le había perdido el rastro. Ahora se especializa en pasar cine clásico, parece. Quizá pueda visitarla pronto.

Casona diagonal a Sala Garbo

Continué por Avenida 2 hasta el Hospital de Niños. Bordeé una cuadra entera que está demolida y rodeada con cerca de metal. Alrededor se acumulaban basura y excrementos. Era un panorama decadente. Mi ciudad es también eso.

Pasé frente al Hospital de Niños y el San Juan de Dios y en la acera me encontré de frente al señor salvadoreño, caminando de regreso al oeste con una bolsa cargada, ¿de verduras y frutas?, al hombro. No me reconoció. Me dio la impresión de ser un caminante sin rumbo que recorre la ciudad sin ir realmente a ningún lado.

Entré al bulevar o paseo peatonal de la Avenida Central. Aunque ya atardecía, los comercios continuaban abiertos y había bastante gente caminando. 

Escultura popularmente conocida como “La Gorda”, en el bulevar (enero de 2025)

Pasé frente al edificio donde mi papá trabajó como contador muchos años, junto al Banco Central, la Librería Universal y la Plaza de la Cultura con vista lateral al Teatro Nacional. Bajé Cuesta de Moras, me antojé de comida coreana en Fritos frente al Museo de Jade pero resistí la tentación, subí entre la Plaza de la Democracia y la Asamblea Legislativa hasta la esquina noroeste del Museo Nacional, doblé al norte, atravesé el Parque Nacional y enrumbé hacia el edificio de ladrillo de la Antigua Aduana.

En la parada de buses junto a la Aduana terminé la caminata. Había anochecido y no quería pasar a pie el Puente de los Incurables, sobre el río Torres, a esa hora desolada del domingo que finalizaba.

En todos esos puntos de referencia tengo recuerdos de mi vida como josefino. Pero como peripatético también sé “recorrer distinto las mismas calles”, tal cual lo canta Fidel Gamboa con Malpaís. Valió la caminata dominguera y josefina.

Grupo escultórico “Los presentes” frente la Banco Central (enero de 2025)

[Foto de portada: Fuente e higuerón en el Parque de los Beneméritos, con el Colegio María Auxiliadora al fondo (enero de 2025).]

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