Este otoño he recorrido más kilómetros en bicicleta que en cualquier otra estación de mi vida. No lo planeé. Simplemente ha sucedido así. He caminado menos y “cleteado” más, por muchos barrios y recovecos de Brooklyn.
Mi compañera se llama Osprey, el águila pescadora. Una Nereida me ayudó a nombrarla, cuando me la regalé a mí mismo, al cumplir años en el 2021. Se llama como las aves que migran de Long Island a las costas neotropicales durante el otoño e invierno boreales, y regresan a estas costas templadas en primavera y verano. He visto águilas pescadoras acá, en el Atlántico, y en Costa Rica, en el Pacífico. Osprey las honra y me las recuerda.

Mi bicicleta alada ha andado conmigo por más de dos años. Y esta semana sufrió su primer desajuste. Al pedalear hacia el campus durante una mañana fresca, empecé a notar que el pedal izquierdo no estaba bien ajustado. Lo examiné, pero no noté el desperfecto. Al anochecer, fuimos del campus de Brooklyn College a la casa de mis amigos Justin y Carolina, en el barrio de Clinton Hill, para cenar: 8 kilómetros. Al pedalear sentía el desajuste, pero no tuvimos problemas.
Cené con mis amigos y tertuliamos. Cerca de la medianoche me despedí, me abrigué y empecé a “cletear” a casa. Cuando atravesaba Prospect Park, mi pobre amiga empezó a chillar y sentí que el problema en el pedal se agravaba. Me detuve y con la linterna me di cuenta de que al pedal izquierdo le faltaba un cerrojo y se estaba soltando. Intenté pedalear con suavidad para continuar, pero pocos metros más adelante tuve que detenerme. Osprey ya no daba, como si tuviera un ala herida.
Regresamos caminando a casa. Hacía mucho frío, ya casi invernal. Apenas llegamos, intenté reparar el pedal. Lo logré reajustar, al menos para ir al día siguiente al campus. Acaricié a mi compañera de carretera, le di las gracias por todas las “cleteadas” seguras y confiables que me había regalado hasta entonces y le deseé buenas noches.
En serio. No sé si ando un poquito “rayado” por tanto trabajo, pero a Osprey le agradecí como si fuera un ser viviente. Al menos para mí, es un ser animado, aunque su ánima sea hermética y quieta, absolutamente ecuánime. Formamos parte del mismo Cosmos.
Dormí. Soñé con el canto de grillos. Desperté. Me bañé, desayuné, acaricié al sillín y al manubrio de Osprey y nos fuimos al campus. Trabajé. Nadé. Y al final de la tarde, llevé a mi amiga alada al taller. Temía que tuviera que dejarla allí, en Bicycle Habitat, como si la estuviera internando en el hospital. Pero el mecánico la reparó bien, con el repuesto adecuado, y una hora después continuamos nuestro camino juntos. Pensábamos regresar a casa. Pero de camino nos detuvimos en Barbès. Escuché música y bebí una Guinness sabrosa, mientras mi gran compañera me esperaba afuera, a pesar del frío, para traerme a casa.

[Foto de portada: Osprey en Prospect Park]