Ha nacido y se ha desarrollado un pequeño ecosistema bajo la sombra del cenízaro (Albizia saman) que se yergue en la parcela contigua a La Libélula. Como desde hace muchos meses no había ganado pastando en esa parcela, Natura Naturans tuvo tiempo y libertad para brotar en forma de plantas que crecen, en suelos tropicales, a la sombra de grandes árboles como este cenízaro.
Algunas de esas plantas son de hojas anchas, en forma de corazón, y otras largas, en forma de lengua. No he logrado identificarlas, con mi guía para amadores de las plantas tropicales de este territorio, pero algunas se paracen a la bijagua (Calathea sp.).

En todo caso, para mí los principales placeres, al ponderar esa nueva maravilla, son estéticos y éticos. Admiro los claroscuros y los patrones de resplandores verdes que se forman, sobre todo en las primeras horas de la mañana, cuando el sol naciente ilumina esta tierra tarcolina desde las cumbres de los cerros de Turrubares.

También aprecio la diversidad de seres–incluyendo reptiles, insectos y aves–que han llegado a vivir a este pequeño sotobosque entre el cenízaro y el nance. Y este aprecio por la diversidad como valor en sí–un valor moral que John Stuart Mill defiende en su obra clásica On Liberty, atribuyéndoselo a Wilhelm von Humboldt–tiene matices naturalistas pero también éticos. En la diversidad de formas de vida hay mayor potencial creativo y más fuentes de sabiduría.
Entre los reptiles, he visto garrobos; varias “ligartijas”, digo, lagartijas, verde tierno y una de cabeza roja y cuerpo negro; y estoy a la espera de serpientes.

Entre las aves, he notado que llegan a forrajear parejas de semilleritos negro azulados (Volatinia jacarina), una especie diminuta (10 cm) y simpaticona que no había observado antes. Las parejitas deben anidar cerca porque durante el día siempre andan por aquí, dando brinquitos en el suelo y picoteándolo, o haciendo vuelos cortos, al amparo de las plantas de hoja ancha.
Hace un par de días, sin embargo, el “vecino” ganadero metió unas treinta cabezas de ganado al terreno. Un par de veces, las bestias se acercaron al cenízaro y empezaron a pisotear el joven ecosistema. Pensé: “Una razón más para no comer carne de res; otra versión de la ganadería destructiva”, a pesar de que yo no como res por motivos de salud, no por razones éticas ambientalistas.
Como sea, me estaba empezando a disgustar el hato, y ya estaba urdiendo formas de espantarlo o de entrarle a la vida de cuatrero, cuando se lo llevaron. Maticé mi disgusto: “Pobres seres, van a terminar descuartizados”. Simpaticé, por un momento, con la protagonista de la película húngara Teströl és lélekröl o En cuerpo y alma (Ildikó Enyedi, 2017).
Pero al menos el ganado ya no está pisoteando la vida del ecosistema bajo el cenízaro. Y acá estoy yo, apreciándolo, esperanzado en que perdure y sintiéndome dichoso de tener más vida, y más diversa, a mi alrededor.