Tres momentos peripatéticos en San José

Intento retomar la senda peripatética. Parte del camino es reconectar con mi ciudad natal. Hago apuntes de tres momentos josefinos de reconexión.

UNO

Sábado por la mañana. Después de hacer las compras de fruta y verdura en la feria del agricultor de mi barrio, en Guadalupe, voy a la Feria Verde de Aranjuez. Tengo dos objetivos: comprar los aretes de plata, con forma de grano de café, que he tenido en vista desde hace un tiempo, y tomar un café mientras escucho música de Berenice Jiménez en vivo.

Cuando llego a la mesa de la joyería Mane Antu, la vendedora reconoce el ocelo de plata que llevo puesto en el lóbulo izquierdo, pues lo compré allí mismo hace un año, de acuerdo con el espíritu de Océlotl y el gusto de Mázatl.

Busco los granos de café pero me encuentro con una sorpresa: la diseñadora de Mane Antu ha creado aretes en forma de espiral. Siempre he querido un arete en espiral. Por motivos matemáticos, filosóficos y poéticos, la espiral es mi curva tutelar.

Hace tiempo, cuando pensé en ponerme un arete, pensé en una espiral. La busqué en Nueva York, en México, en Costa Rica, pero nunca la encontré. Cuando a fin de cuentas compré los ocelos, como símbolo erototémico, le pregunté a la vendedora si no podría encargar unas espirales. ¡Me dijo que no! Pero quizá le llevó la idea a la joyera, porque ahora sí las hay.

Espiral en monolito prehispánico

¡Alegría! Compro las espirales. Y los granos de café. Después decidiré cuáles ponerme primero.

Luego paso a comprar el mejor café de la Feria Verde: el café orgánico que ahora venden en el puesto de comidas típicas donde suelo desayunar. Yo lo llamo café Taza Blanca, pues lo sirven en tazas de ese color. Es mejor y más barato que el otro, servido en tazas de otro color, en la misma feria.

Lo degusté, con placer cósmico, mientras escuchaba a Berenice cantar, bajo la sombra de un frondoso árbol tropical.

DOS

Domingo por la mañana. Mientras la mayoría de josefinos aún se desperezan y desayunan, voy en bus al centro de la ciudad. Me bajo en el Parque Nacional, lo atravieso mientras admiro los tonos verdes de sus árboles frondosos bajo el cian del cielo y me acerco por el bulevar al Museo Nacional. Recién ha abierto cuando entro. Visito las esferas de piedra de las culturas prehipánicas del Diquís. Me entretengo contemplando, sobre todo, las esferas que tienen un jaguar y una danta, respectivamente, esculpidos con sutileza casi imperceptible en la superficie. Admiro también los jardines. Se acerca uitsili a chupar el néctar de una bromelia. Sonrío de la felicidad.

Luego visito la exhibición Memorias en piedra: Monumentalidad en la escultórica precolombina de Costa Rica. Muestra obras de arte, esculpidas o talladas en piedra, de todas las regiones del territorio y de distintas fases de su historia cultural. Hay diversidad de motivos y estilos, desde las representaciones de animales jaguares, búhos, lagartos o tucanes, hasta figuras antropomorfas y zoomorfas y símbolos que yo consideraría abstractos, como curvas espirales. Hay esculturas, espigas y objetos de utilidad cotidiana como metates.

Metate de jaguar Océlotl en primer plano

De todos las obras de arte, hay dos que me llaman la atención esta vez. La primera es un monolito antropomorfo de Bagaces, Guanacaste, esculpido en toba brechosa hace 1700-1200 años. Me impresiona que sus ojos son espirales y el motivo se repite en su torso. ¿Tatuajes? También he pensado que si me tatuara, me tatuaría una espiral. No lo he hecho. Por el momento mi nuevos aretes de plata bastan.

La segunda es un metate tallado en andesita en Guanacaste hace 2500-1700 años. Es trípode y en la superficie inferior tiene tallado en relieve un personaje con máscara emplumada. Es un músico pues toca un instrumento de viento, similar a una flauta. Me quedo imaginando quién sería el músico, quién sería el escultor, si serían amigos. Pienso: a la música se la llevó el viento; la escultura permaneció en piedra. Ambas son belleza.

TRES

Sábado por la tarde. Voy al Jardín de Lolita, en Barrio Escalante, a tomar un par de cervezas antes de la función de seis en el Cine Magaly. Me entretengo viendo a una pareja de brasileños que se toman fotos con su hija. Converso con ellos. Recién han llegado de Porto Alegre, Rio Grande do Sul. Están conociendo nuestra ciudad. Les doy la bienvenida.

Mural en el Jardín de Lolita

Llega la hora y voy al Magaly a ver Los osos no existen (Khers nist, en farsi: 2022), del director iraní Jafar Panahi. Es uno de mis directores favoritos, díscipulo del maestro Abbas Kiarostami, a quien asistió en El viento nos llevará (Bad ma ra khahad bord: 1999). Poco a poco descubró que Los osos no existen hace varias alusiones a El viento nos llevará. Un director de cine llega a la región kurda de Irán, cerca de la frontera con Turquía. Al principio no se entiende qué hace allí. Pero anda constantemente en busca de señal celular para poder conectarse a videollamadas por internet. En el pueblo, para entretenerse, saca unas fotografías del pueblo, y sus personajes, que lo meten en líos.

Poco a poco se descubre que está dirigiendo, de manera virtual, una película que sus asistentes y actores filman en una ciudad turca, del otro lado de la frontera. Por la proximidad de un lago, pienso que podría ser Van, a orillas de Van Gölü, o Erçek, en la margen de Erçek Gölü. El director tiene prohibido salir de Irán pero quiere estar lo más cerca posible de la filmación. Por eso ha ido a la frontera. El filme que dirige es sobre inmigrantes iraníes en Turquía que quieren emigrar a Europa y contratan a traficantes de personas para hacerlo. Lo que les sucede es impredecible y devastador.

Salgo del Magaly en shock. Regreso al Jardín de Lolita y tomo un una cerveza más para recuperarme. Luego vuelvo a casa. Aún es temprano. Podré meditar.

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