Domingo en San Miguel de Allende

Desayuné en la terraza de mi posada con vista a la Parroquia de San Miguel Arcángel. Al terminar, salí dispuesto a visitar los templos y sitios históricos de San Miguel de Allende.

Después de varios días de un congreso de filosofías americanas (entiéndase de América, el continente, incluyendo los pueblos originarios) era hora de visitar con calma el centro histórico.

Me acerqué primero por callejones de calles empedradas, entre coloridas casas coloniales, a la Parroquia. Admiraba sus torres de cantera rosa que semejaban formas góticas pero tenían un toque sui generis. Repicaban las campanas. Invitaban a la iglesia.

Pero al llegar al atrio decidí no entrar. Mi entraña me dijo que era domingo y para mí no era día de templos sino de plazas y mercados.

Atravesé la calle y en el jardín frente a la Parroquia observé a las familias sentadas en las bancas de hierro bajo las higueras.

Bajé por otra calle al azar, sinn rumbo fijo, observando los rostros de los vendedores y vendedoraz de frutas, flores, artesanías y dulces, sobre todo de los ancianos y ancianas: rostros canela o cacao, surcados por el tiempo pero aún esperanzados cada vez que ofrecen sus productos. Rostros humanos y divinos.

Sin buscarlo, llegué a un tianguis o mercado. Le compré mandarinas a una vendedora anciana muy amable. Y observé a las señoras que vendían panes dulces, tortillas, tacos, gorditas y quesadillas. Estaban tranquilas, en silencio pero juntas, algunas con sus niños. A una de ellas, de las mayores, le compré unos nopales asados en tortilla fresca. Delicia.

Salí satisfecho y feliz. Bajé por Insurgentes y di con una iglesia de fachada barroca, con columnas de piedra (¿basalto?) cereza talladas en bajorelieves de hojas de plantas tropicales. La sencilla torre del campanario era rojiamarilla. Nunca había visto una iglesia barroca así y me acerqué. Era el Templo del Oratorio, San Felipe Neri.

Mientras contemplaba los detalles de cantería de la fachada, desde el atrio escuché que el cura daba misa:

–Fíjense, hermanos, que la Santa Iglesia se interesa por ustedes y les cuida, indicándoles el camino a seguir con su Sentido Profético.

Pensé en lo que escuché sin querer. Y me fijé en que tengo corazón, percepción, inteligencia y conciencia, además de relaciones con personas amorosas y sabias.

Me dí media vuelta, dejé al cura con su iglesia de sentido profético y regresé a mi templo dominical: las plazas, calles y mercados donde las personas viven con sus alegrías y tristezas, placeres y dolores, temores y esperanzas, labores y amores.

En ese templo me siento en casa, con gozo y en paz.

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