Caminábamos por los callejones de Hauz Khas Village – un barrio de cafés, restaurantes, bares con aspiraciones bohemias chic – cuando llegamos a la entrada de un complejo arqueológico. Atisbamos que desde sus terrazas se podía observar el bosque y el estanque de Hauz Khas así que entramos.
El sitio resultó ser una madrasa – escuela de educación superior – del siglo XIV, es decir, una antiquísima universidad. Desde la terraza principal contemplamos los verdes del bosque y del estanque. Luego recorrimos las galerías, también con vista la estanque, donde se ubicaban los antiguos salones de clase y estudio de techo abovedado.
Yo sentía una mezcla de estupor por el calor en la piel y los aromas de la humedad, fascinación por la historia musulmana del estanque e hindú de la madrasa y confusión orgánica por el ajuste de sueño y apetito en este huso horario.
Pero al anochecer llegaron juntas la lucidez y la placidez sensorial en el entorno. El calor cedió un poco y mi cuerpo se relajó. En la penumbra cientos de murciélagos empezaron a sobrevolar el estanque y el dosel del bosque. Eran tan grandes y hábiles en el vuelo que inicialmente pensé que eran aves. Pero luego detallé la forma del cuerpo y distinguí la membrana que sirve de ala. Su vuelo me alucinaba.
Mientras observaba esta maravilla, una bellísima media Luna se elevó sobre el cielo de Delhi. Quizá por la nubosidad y humedad, su resplandor no era blanquecino sino amarillento. Su tono y su brillo hechizaron la noche.
Para cuando saboreé la comida del Tibet al cenar en Yeti, la imagen de la Luna reinaba también en mi imaginación.