Aguas brooklynenses

Aterricé de madrugada en Nueva York y de camino a mi casa en Brooklyn, desde la autopista, saludé al río Hudson. Fluía sereno hacia el Atlántico en la oscuridad.

Me tomó un par de días poner mis cosas en orden de nuevo acá. Pero tenía pendiente saludar a las aguas brooklynenses.

Al final del segundo día caminé hasta el Lago Prospect para saludarlo. Sus aguas reflejaban los tonos jade y esmeralda del follaje del bosque a su alrededor. La flora veraniega lucía su pleno esplendor y el lago la festejaba. Agradecí por el verde líquido desde la orilla.

Al tercer día, fui a saludar al Atlántico. Agarré el tren F desde mi barrio de Windsor Terrace hasta el Acuario de Nueva York, frente al mar. Con el cálido sol vespertino a mis espaldas, caminé por la playa hacia Brighton Beach, al oriente. Cuando llegué a las rocas al final de la playa, refresqué mis pies en la orilla, permitiendo que el Atlántico los besara. Le agradecí el cariño al océano y regresé hacia el poniente, escuchando el cantar de las olas.

Hoy caminé por Propect Park y en las afueras del bosque primario, saludé al estanque de agua. También reflejaba el follaje del bosque pero con mayor quietud y nitidez que el lago. Le agradecí su calma.

Así he saludado a mis aguas brooklynenses. Son elementales para mi buen vivir en estas latitudes al norte del Trópico de Cáncer.

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