Wim Wenders: Perfect Days

Se ha estrenado la película Perfect Days (2023) de Wim Wenders en mi querido Cine Magaly, en San José. La he visto dos veces: la primera, en Angelika Film Center, en el barrio de SoHo, Manhattan, y la segunda en Brooklyn Academy of Music, en Fort Greene.

Estas tres salas de cine son importantes para mí, pero el Magaly es el cine de mi corazón. Desearía poder ir ahí, sentarme en mi butaca favorita en el balcón (la butaca sobre la que escribo en varios capítulos de Sino peripatético, la misma desde la que vi Dead Poets Society hace tantos años y en la que pasé tantas tardes en el 2016, cuando me reencontraba con mi ciudad) y ver esta cinta maravillosa de Wenders. Es tan conmovedora, para mí, como Las alas del deseo o Der Himmel über Berlin (1987).

La primera vez que vi Perfect Days, a mediados de febrero, no tenía idea de que me conmovería tanto con la historia de Hirayama, el conserje que limpia baños públicos en el metro de Tokio. Pensé que la historia de amor del ángel Damiel y su musa Marion, en Las alas del deseo, era inigualable. Pero esta historia, muy distinta, resultó igual de significativa para mí. Desde la primera escena, cuando Hirayama despierta de madrugada en su apartamento, recoge el futón en el que dormía sobre el tatami y empieza su rutina diaria, cada detalle de cada escena me atrapó.

Por momentos, me brotaron lágrimas. ¿Por qué? Porque así como entiendo cuánto amor siente Damiel por Marion, ahora entiendo la vida interior de Hirayama. Por instantes, me parecía que me estaba mirando a mí mismo, en mis días sileciosos, solitarios y atentos a los pequeños detalles, aquí en Brooklyn. Me daba plena cuenta, también, de que yo no siento la paz interior que emana Hirayama, que soy mucho más impetuoso, aunque comprendo su vivencia del arte de la soledad.

La segunda vez que vi el filme, ya tenía abierta la herida física que me ha acompañado todo el mes de marzo. De todos modos, un sábado por la noche fui a la última tanda y vi la película en una de las salas de BAM. Estuve más atento a las heridas internas y sutiles que revela Hirayama en pequeños gestos y que son parte de su ser, de su historia de vida, de su corazón más íntimo. También lo entendí, aunque sus heridas y cicatrices emocionales son distintas de las mías. Atesoré su gran ternura y su sensibilidad. Las escenas de Hirayama apreciando komorebi –el juego de luces y sombras cuando se filtra la luz del sol a través de los árboles–, en el parque donde almuerza todos los días laborales, me recordaron cuánto me gusta observar komorebi a mí, sobre todo en La Libélula, allá en Tárcoles, y en bosques tropicales como el del Parque Nacional Carara. [Ver foto de portada: komorebi en un gran espavel (Anacardium excelsum)].

Y recordé que mi primer trabajo en EE.UU., en el campus de mi universidad en Arkansas, fue como asistente de conserje, osea, como Takashi, el asistente de Hirayama. La conserje de un edificio del campus me ponía a limpiar los baños y ella nada más me supervisaba (¡Hirayama no es así!). Allí aprendí algo importante sobre la dignidad de todo trabajo, algo que Hirayama tiene muy claro, algo que siempre he admirado del Japón.

¿Cómo sería ver el filme por tercera vez, en el Magali? No lo sé, pero me gusta imaginarlo. Sé que me sentiría bien, solo y atento, sentado en mi butaca, enamorándome de Tokio, su luz, sus sonidos, su gente, como la primera vez que fui. Y sé a quién extrañaría, sin tristeza, pero con saudade y amor.

Komorebi sobre la quebrada de Carara

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