Hoy hizo una tarde otoñal esplendorosa en Brooklyn: disco dorado brillando en el cuenco azur y el aliento fresco de Autumn meciendo a los brazos de los árboles y haciendo danzar en el aire a las mariposas amarillo, naranja y rojo.
Yo tenía que escoger entre dos opciones para disfrutar la tarde: nadar en la pisicina de Brooklyn College y entrenar para el Golfo de Papagayo, o asistir a una conferencia sobre filosofía del amor en New York University, en Manhattan.
Soy amador y escogí al amor: fui a nadar.
Sintiendo al agua en mi piel, respirando con cadencia y apreciando los destellos de la luz refractada, mi corazón se llenó como el de Leandro cuando atravesaba cada noche a nado el Helesponto, el estrecho entre el Mar Egeo y el Mármara, para visitar a su amada Hero en Europa, gozarse mutuamente y regresar a casa, en Asia, al amanecer.
Con ese brío nadé y aún con vigor regresé en Osprey, mi amada bicicleta, a casa.
