Kamakura con Chan-Woo

Extraño al Japón y siento muy lejana la posibilidad de visitar sus islas y encontrar a mis amigos allí. Por ello he viajado a través del cine. Vi la película Umimachi Diary, traducida como Nuestra pequeña hermana (Hirokazu Koreeda, 2015). Me transportó a Kamakura y recordé mi visita a aquella antigua capital del Japón con mi amigo coreano Chan-Woo.

Vista de templo budista en Kamakura: setiembre 2009

En la película, tres hermanas, adultas jóvenes, deciden acoger en su casa a su media hermana adolescente, la hija menor de su padre, cuando éste fallece. La trama nos cuenta la conmovedora historia de su familia, la experiencia de cada una de las hermanas y el rumbo que empiezan a tomar sus vidas. Las escenas muestran los bosques, montañas, playas, barrios, restaurantes y mercados de Kamakura. Es de una belleza sutil y minimalista.

Nenúfares en Kamakura

Mientras la veía, recordaba a mi amigo Chan-Woo, mi gran compañero de experiencias y aventuras en el Japón. Era estudiante de doctorado en Tsukuba: brillante, disciplinado. Hablaba y escribía japonés perfectamente. Y era una persona sensible y generosa. Un verdadero amigo. Ese día en que visitamos Kamakura, como en tantas otras ocasiones, él fue mi ángel de la guarda y mi guía. Leyó los mapas y me guió, mostrándome los sitios más interesantes.

Llegamos un sábado a fines de aquel verano, en tren desde Tsukuba via Tokio. Salimos de la estación y empezamos a caminar por la ciudad apacible. Me alegró ver a la gente, especialmente a la niñez, rumbo a actividades culturales y festivales de fin de semana.

Primero asistimos a un festival de caballería y arquería medieval. Los jinetes cabalgaban a todo galope sin sostener las riendas de sus caballos. Intentaban acertar blancos colocados al costado del trayecto rectilíneo. El que más blancos acertaba ganaba el evento. Aunque lo disfruté, en el fondo sabía que era un concurso de habilidades militares que no admiraba.

Jinete con arco tradicional, cabalgando rumbo al evento

Pero luego visitamos templos budistas y altares sintoístas. Admiré, como siempre, la armonía entre arte y naturaleza, arquitectura y paisaje. Pero también disfruté con la presencia de las personas y su fe ecléctica, esa mezcla tan japonesa de sintoísmo y budismo.

Detalles de templo budista

Al final de la tarde, antes de regresar a Tokio, observamos al Pacífico bañar la costa de la ciudad. Y cenamos shabu-shabu de pescado y mariscos, con cerveza Asahi, en un restaurante frente al mar.

¡Kampai!

Han pasado once años ya. Le vi una vez más, hace ocho años. Ya se había casado con Akiko-san y su hija, Aran-chan, era una bebita. Desde entonces nos hemos escrito cartas todos los años. Se doctoró, se hizo profesor y nació su hijo. Su vida ha dado fruto.

Extraño a mi amigo en el Japón. Me cuidó cuando yo lo necesitaba y compartió de sí mismo con generosidad y espontaneidad.

Chan-Woo-sama

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