Escuchar música en vivo me permitió viajar por el Mar Egeo esta noche. Fui a Barbès, uno de mis recovecos brooklynenses preferidos, para escuchar al ensamble Maeandros, un cuarteto de violín, oud, clarinete y percusión que toca música tradicional de ambas costas del Egeo, es decir, de Grecia y Turquía.
Las canciones, en su mayoría, eran griegas. La voz de la cantante, Irene, me hizo pensar en cómo podría haber sido la voz de Canente, la amada y amante del rey Pico, cuya voz conmovía a los bosques y a las rocas, enlentecía el curso de los ríos, amansaba a las fieras salvajes y detenía el vuelo de las aves, según las Metamorfosis de Ovidio.
Se le unía la voz de Mavrothi Kontanis, quien hacía las armonías con Canente y le respondía en los diálogos cantados, mientras tocaba el oud. Sí, las canciones eran griegas. Pero la musicalidad –las melodías, la percusión, el viento y las cuerdas– perfectamente podría ser turca. Era música popular del Egeo, del siglo pasado, música de todo un mar, de todo un entramado cultural.

Yo me deleité escuchando tanto al ensamble como al coro de la audiencia griega y mirando los bailes de les asistentes que sabían cómo moverse a la griega y a la turca. De hecho Dilara, la “garzona” turca de Barbès, dio una pequeña cátedra de danza estambulita.
También me divertí imaginando un posible viaje por el Egeo. Una opción es empezar en el Adriático italiano, navegar por el Jónico hacia Patras para visitar Atenas y el Peleponeso, luego explorar el Egeo desde Grecia hacia Turquía –cruzando el Helesponto a nado, en algún evento de aguas abiertas– y continuar hacia Esmirna, Éfeso y seguir hacia lo que el hado o la espontaneidad me indiquen.
Otra opción es empezar en Chipre, subir por la costa turca, visitando Esmirna y Éfeso, saludar al Mármara y al Bósforo, ingresar a Grecia por tierra, explorar la costa de Tracia y bajar a Atenas, a conversar con las ánimas de Platón, Aristóteles y Epícuro, antes de decidir si enrumbar al Mar Jónico, hacia Ítaca y Corfu, o explorar las islas del Egeo.
Sea como fuere ese viaje posible, lo imaginé mientras la música del Egeo, interpretada por Maeandros, me impulsaba, como viento favorable hinchiendo las velas de un navío en aquel ponto legendario por el que navegaron Odiseo y Eneas y en el que Céix, tras zozobrar, nadó con todas sus fuerzas para regresar a los brazos de su amada Alcíone.