Una lechuza en La Libélula

Nos mecíamos en la hamaca poco después del atardecer cuando la lechuza se posó en una rama del mango cercano. Era pequeña, de unos 15 centímetros, de plumaje café excepto en el pecho blancuzco, colita larga y garras amarillas. Se trataba de un mochuelo común (Glaucidum brasilianum).

La lechucita se quedó quieta observándonos con sus ojos ambarinos desde la rama mientras nosotros la mirábamos en silencio. Al rato hizo un vuelo corto, rápido y preciso para pasarse del mango al almendro. Nos observaba tanto como al entorno. De repente hizo un vuelo veloz y del suelo pedregoso recogió su presa (algún pequeño insecto) con sus dos garras y continúo su vuelo a otro almendro. La seguimos sigilosos. Ella nos permitió que la observáramos volar de los almendros a los mangos, entorno a nuestra casita rústica, hasta que se fugó entre el nance y el cenízaro a la oscuridad de la parcela contigua.

A la noche siguiente, mientras tertuliábamos en familia en la terraza, reapareció la lechucita y se posó en el almendro. Nos observaba con intensidad. Parecía que nos penetraba con su mirada de fuegos ambarinos. La contemplamos en silencio y luego continuamos nuestra conversación en tonos bajos. Cuando no la mirábamos hizo un velocísimo vuelo. De la terraza recogió un abejón con sus dos garras y se lo llevó al mango.

A lo largo de nuestra tertulia cazó varios abejones más y un par de palomitas. Conforme tomaba confianza se quedaba algunos segundos en la terraza antes de volar a alguna rama cercana. Inferimos que le gusta cazar los insectos que se congregan de noche en el piso de cerámica blanca de la terraza. Habría formado el hábito en nuestra ausencia y cuando aparecimos, midió nuestra presencia con atención y cautela.

A la tercera noche regresó. Y esa vez fue más audaz. Se posó en el mecate azul de una de las hamacas que cuelga en la terraza. Y desde allí nos observó. Luego se dedicó a cazar invertebrados y quizá algún geco en la terraza y alrededores. Sus vuelos rápidos, precisos y rapaces nos deleitaban. Al final de su cacería voló satisfecha hacia los malinchillos y se perdió en la oscuridad.

La bautizamos la lechuza Danusa. Y nos preguntamos: ¿Qué simboliza como tótem? Sabíduria vital y sigilo cazador son dos respuestas posibles.

Pero a mí me continúa impresionando la imagen de su mirada penetrante y perceptiva. Es perspicaz pero no juzga. Perspicacia perceptiva. Quizá ese fue el mensaje que nos traía.

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