Orugas: Transformaciones

Caminábamos en medio del bosque nuboso de la Reserva Santa Elena cuando nos encontramos con una oruga atravesando el sendero. Mientras las nubes danzaban con el viento en el dosel del bosque, la oruga de cuerpo grueso y negro se arrastraba por la piedrilla gris y mojada del sendero. Procuraba de nuevo la tierra húmeda que nutre la rica flora de Santa Elena. La observamos cruzar a su ritmo y luego continuamos nuestro camino. Algunas decenas de pasos más adelante, otra oruga atravesaba el mismo sendero. De nuevo la observamos hasta que se escabulló en medio de las hojas y arbustos del sotobosque. Era enero, se iniciaba el año y nos preguntamos qué podrían anunciarnos las orugas. Conjeturamos: ¿Transformaciones?

Hace pocas semanas caminábamos por un sendero del Jardín Botánico Lankester cuando nos encontramos con varias orugas atravesándolo. De nuevo nos detuvimos a observar su movimiento ondulado y cadencioso. Una familia de visitantes distraídos chachalaqueaban al pasar a nuestro lado. No tuvieron la más mínima curiosidad en observar qué nos detenía en medio sendero. Casi las aplastan. Pero por dicha las oruguitas sobrevivieron. Nos alegramos cuando dejaron el sendero y continuaron por los suelos fértiles del jardín hacia su destino.

Pocos días después, mientras caminaba por La Libélula, nuestra parcela familiar en el Pacífico seco de Tárcoles, una oruguita amarilla se subió a mi camiseta azul  sin que yo me diera cuenta cómo. Cuando la noté, paseaba por mi pecho. Se la mostré al chiquito hondureño con quien conversaba por video-llamada y le expliqué que las orugas se convierten en mariposas. De hecho, esas oruguitas se convierten en las mariposas amarillas que revolotean alrededor de los malinchillos u árboles de hoja sen (Caesalpinia pulcherrima) de La Libélula para besar sus flores. Recordé la pregunta de enero: ¿Qué me quieren decir las orugas? ¡Transformaciones!

El fin de semana pasado caminábamos por las montañas de Turrubares, en medio del bosque tropical lluvioso, rumbo a la catarata del río Tarcolitos, la caída de agua más alta de Costa Rica. En el sendero nos encontramos con decenas de orugas negras que parecían flotar en el aire. En realidad pendían de hilos finísimos que tendían desde las copas de altos árboles. Contemplé una oruga que subía de vuelta por su hilo hacia el dosel del bosque, a unos veinte metros de altura. Admiré su fe vital: confió en su instinto, tendió su hilo y se lanzó a la Vida.

Esa oruguita me hizo reflexionar sobre transformaciones que requieren riesgo. ¿Qué me quería decir?

Acá estoy ensayando una posible respuesta. Quizá me sugería que me lance a escribir en este espacio mis apuntes y postales, esbozos de una vida peripatética. Solía hacerlo en relativo secreto, por mi timidez. Pero ha llegado el tiempo de intentarlo en este espacio más público. Todo tiene su tiempo. Para mí, ha llegado el tiempo de arriesgar y compartir.

Le seré grato a quienes quieran leer, comentar, compartir o responder a estas reflexiones. Ya doy gracias a la Vida por todo lo que nos muestra, día a día, semana a semana, momento a momento para disfrutar y aprender juntos.

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