Filosofando en Moravia

Aproveché el viaje a San José para visitar, en Moravia, el Parque Los Robles. Es mi parque josefino favorito por varios motivos: el enorme árbol de fuertes y extensas raíces, ancho tronco y copa frondosa que lo abriga desde la esquina suroeste; la brisa y el frescor del ambiente; la tranquilidad; la vibra eroagápica que siento allí; y el monumento que conmemora el legado científico y humanista de Giordano Bruno, filósofo napolitano del siglo XVI.

Vista del acogedor gigante de Moravia

Quise ir para sentirme bien en un rinconcito josefino de mi agrado y festejar esta etapa temprana de mi jubileo. Saludé al árbol, palpando su corteza; caminé por las áreas verdes del parque, sintiendo su vibra amorosa; y me dirigí al rincón discreto donde se encuentra el busto de mi colega Bruno, deseando saludarlo.

Le llevé dos libros de la antigua Grecia, en traducción al español: la Odisea de Homero y la Ética a Nicómaco, de Aristóteles. Escogí estos libros porque los estoy leyendo y porque nos unen por medio de una tradición literaria y filosófica en común, un pasado intelectual que precede a la escolástica medieval.

Me quedé un rato en silencio, frente a su busto, disfrutando la gracia de vivir una vida paripatética dedicada a pensar, investigar, escribir y viajar. Su vida y su pensamiento revolucionarios–que fueron más allá del heliocentrismo copernicano–lo condujeron a una migración constante por buena parte de Europa. De todos los lugares donde llegaba a estudiar y enseñar, lo expulsaban por su pensamiento: Ginebra, París, Oxford, Helmstedt. Quizá por eso llegó a sentenciar: “Toda la tierra es patria para un filósofo”.

Toda la Tierra es hogar para un filósofo

Yo no quiero patria, pero agradezco estar vinculado a varios territorios americanos. Agradezco también el no tener que huir y migrar por decir o escribir lo que pienso. Al indómito Bruno, la Gran Inquisición lo quemó vivo en la hoguera, por haber pensado de manera preclara e independiente y haber dicho, sin tapujos y con argumentos, lo que pensaba. Había abadonado los hábitos religiosos pero las llamas del dogmatismo aún lo alcanzaron.

Aprecio el privilegio de vivir una vida peripatética, gracias a las letras, las matemáticas y el espíritu viajero. En este tiempo, estoy arraigándome en antiguos territorios huetares. Luego regresaré a territorios lenape. Pero llegará de nuevo el tiempo de viajar y de filosofar viajando. Llevaré entonces al espíritu de mi colega napolitano, Giordano Bruno, conmigo.

En Los Robles de Moravia, di gracias porque pude compartir un momento de reflexión y contemplación con él. Pensé en la posibilidade de estudiar Los furores heroícos, sobre el camino hacia Dios a través de la sabiduría, con mis estudiantes en la primavera.

Y me fui contento a dar una vuelta por el centro de Moravia. Me gustan también el parque central y la arquitectura y colores de la iglesia, aunque la institución, en su nefasta historia, haya quemado a librepensadores como Bruno. El pensamiento de éste sobrevive y aún aspira a la verdad, como si quisiera alcanzar el cielo.

Iglesia de San Vicente de Moravia

Leave a comment