El voto democrático y las libertades de pensamiento y expresión

Me he estado debatiendo sobre la diferencia entre el voto político estratégico y el basado en el genuino pensamiento, y sus respectivos méritos, en las elecciones de sistemas de democracia representativa.

Lo he hecho desde que en diciembre, en San José, me reuní con amigos de toda la vida para festejar el fin de año y surgió el tema de las elecciones presidenciales y legislativas en Costa Rica este 1 de febrero. Parecía imperar la tesis de que el voto estratégico para evitar el peor de los males electorales era mejor que el voto por lo que se piensa genuinamente, aunque sea inefectivo en el resultado electoral.

Demoré seis semanas para dilucidar por qué, a fin de cuentas, no comparto esa tesis ni pienso votar así. Nunca lo he hecho, siempre he sentido que lo mejor es votar de acuerdo con lo que se piensa, no con los cálculos de conveniencia del resultado, pero nunca ma había detenido a articular mis razones.

Logré hacerlo cuando fui a visitar el monumento al filósofo renacentista Giordano Bruno (1548-1600) en el Parque los Robles de Moravia. La placa dedicatoria del monumento, erigido por la Asociación Cultural Nueva Acrópolis, recuerda que Bruno “defendió la dignidad, la libertad, la tolerancia y el derecho de todo ser humano a decir lo que piensa”.

Ahí se me vino el chispazo: las libertades de pensamiento y expresión son, para mí, más fundamentales que las de elegir un representante ejecutivo o legislativo. El voto es una expresión del pensamiento y una acción basada en éste. Debe ser libre y coherente.

Bruno era un librepensador renacentista. Ya en el siglo XVIII, el filósofo Emmanuel Kant se preguntó “¿Qué es la Ilustración?” (1784) y respondió:

La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!: he aquí el lema de la Ilustración.

La libertad de pensar hubo que conquistarla –a Giordano Bruno lo persiguieron los inquisidores por su librepensamiento y vivió huyendo y migrando de una universidad a otra en Europa. Esa conquista ha traído responsabilidades, ante todo, la responsabilidad de atreverse a pensar por uno mismo y de vivir y actuar en consecuencia con esto.

Votar de acuerdo con el genuino y libre pensamiento me parece una responsabilidad fundamental de los que queremos aún vivir a la luz de la inteligencia comprometida con la búsqueda del verdad y el justo actuar, y no sumidos en el neo-oscurantismo que querríamos evitar con un voto de conveniencia.

¡Salud Maestro!

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